EXPEDIENTE X

PRIMERA PARTE.

-Tengo que hablar contigo serenamente….. ¿Que te parece esta noche en el garito de Merche?……vente solo……nos vemos chaval…… Agur benhur.

-¿Cómo va la cosa?…..Sí, muy bien…..vale….donde Merche….. a las 11…ok, allí estaré….Chao pescao.

Por aquel entonces vivía del cuento. Bueno, más bien del cuento que había escrito mi amigo Toni. Le habían dado nosecuantos premios como el escritor nobel más chachi y cursi de su generación. Yo le había programado un verano de lujo haciendo la presentación de su obra por distintas ciudades y pueblos de todo el estado.

Allí estábamos, en el extremo de la barra

Allí estábamos, en el extremo de la barra

Toni era un muchachote con muy buen tipo, musculado, moreno, facciones marcadas, labios carnosos, con flequillo y mechas rubias y una mirada perturbadora. Tenía un pequeño tic en la mano izquierda que no le dejaba parar de dar palmaditas en su muslo. Al principio te parecía curioso, luego percibías que a ese jambo le pasaba algo bastante feo.

Aquel día se presentó con unos pantalones blancos de licra algo prietos marcando culito y un polo verde de mercaillo. Llevaba un macuto de cuero muy pequeño ajustado a su hombro.

Le comuniqué la agenda para los meses de junio, julio y agosto. Visitaríamos capitales de provincia del interior y de costa, ciudades más pequeñas, pueblos grandes, pequeños y auténticos puebluchos. A cada una de las sesiones acudirían lo más granaó del mundo literario comarcal. En las ciudades costeras incluso algún literato de prestigio, que aprovechando sus vacaciones, se acercaría a ganar algunas monedas y aplausos.

– ¡No me lo puedo creer!, dijo el pájaro.

– Es más sencillo de lo que parece, amigo mío.

El lloraba de alegría, nos abrazábamos y reíamos de forma alternativa. Comimos, bebimos y fumamos durante toda la noche hasta caer derrotados encima de una mullidita alfombra que tenía en el salón de su casa.

Llevaba varios años dedicándome a gestionar el triunfo de los demás, les organizaba sus vidas y les proponía donde invertir los beneficios. Por lo general se trataba de periodos efímeros, unos meses a tope, promociones……y luego habitualmente se desinflaba. Todo dependía de la gracia y genialidad del artista. Se puede gestionar a un oportunista, pero todo tiene un límite.

Conocía a representantes de todo tipo, mediadores con las administraciones públicas, intelectuales, listillos que me ayudaban a programar y a gestionar sus actuaciones, listillas que hacían lo mismo pero con más gracia, gente que me garantizaba unos buenos beneficios que yo administraba y repartía convenientemente. Aquí nadie se quedaba sin su pellizco del pastel.

Pues Toni tenía esa gracia, llevaba dentro de sí un talento innato para un montón de cosas. Escribía cuentos y poesía, tenía un dueto de música con Gabriela, como hobby pilotaba avionetas, y por si fuera poco, le encantaba el cine y se sabía de memoria extensos diálogos de películas. Había veces que hablando con él te venían a la cabeza escenas que ya conocías o te sonaban de algo, realmente no sabías que era real o ficción.

La avioneta de Toni y su hermana

La avioneta de Toni y su hermana

Así que, ese verano prometía que lo íbamos a pasar en grande, viajando  con todos los gastos pagados por los patrocinadores y las autoridades locales. Nos promocionaba Fresas de Huelva y llevábamos unas gorrillas con el anagrama, una enorme fresa con relieve muy muy suave.

Nos acompañaría Gabriela y alternaríamos las lecturas de poesía con pequeños recitales. Versionaban grandes éxitos del reguetón hispano de ayer y de hoy, y de pascuas a ramos improvisaban algún tema original. Su tema estrella era el de esa muchachita.

-Esa linda muchachita que me ama \ Tiene la frescura de la rosa de mañana \
Tiene un ángel que refleja en su mirada \ Ese bomboncito es quien siempre me acompaña…

 –Ay mama! Ay mamasita, me voy a lleva’ a esa muchachita \ Me voy a roba’ esa
muchachita \ Óyelo mi nena, corazón bendito. Óyelo mi nena, corazón bendito \ Me divierte bailando, me enamora cantando…

Grandes letras para grandes artistas.  Lo cierto es que Gabriela enamoraba bailando y cantando.

Gabriela en la estación de Atocha

Gabriela en la estación de Atocha

En la presentación de Alcázar de San Juan nuestra programación dio un giro inesperado. Aparecieron una serie de gogos, en concreto nueve hermosas muchachas, contratadas directamente por nuestros patrocinadores (eso les dije a todos), llevaban grandes racimos de fresas colgando de los pezones, los cuerpos llenos de tatus y parecían estar más ricas que el pan, y eso que decían que las nenas en estas fechas se arrebataban. Estábamos a principios de julio y nos acompañarían el resto de la gira veraniega.

Mis gogos el pasado verano en Lanzarote

Mis gogos el pasado verano en Lanzarote

Una de las chavalas era mi amiga Bea. Estaba pasando una fase divertida. Hacía unos meses me había encargado que le resolviera un pequeño problemilla que le estaba envenenando la vida. Trabajaba en un almacén mayorista de frutas y verduras que se encargaba de colocar el producto que iba perdiendo su frescura habitual y había que sacarle un rendimiento, por pequeño que fuera.

Su jefe era un verdadero hijo de puta, el muy bastardo la quería catar a toda costa, y ante el rechazo le hacía la vida imposible. Con alguna buena escusa conseguí introducirme en la vida de ese desgraciado. Hice migas con su santa abuela en la cafetería que había en la esquina de su calle, donde iba a jugar al julepe con unas amigas. Mi sexapil y gracejo personal engatusaron a esa agradable ex-ama de casa. Ya teníamos los billetes para las islas Canarias. Me llegó a querer más que a su propia vida, y en ese trance conversé con su amado nieto.

-O dejas tranquila a mi colega o me cargo a disgustos a tu queridísima yaya.

No volvió a molestarla ni a dirigirla la palabra. Al poco, pidió el finiquito y fue indemnizada como si hubiera sido ella la gerente de la empresa.

A Gabriela la llegada de estas chuquis tan bonitas no le hizo mucha gracia, al principio. La tranquilicé al aclarar que solo compartirían escena con Toni cuando se hicieran las fotos con las autoridades o con los medios de comunicación. Luego fue otra cosa, no solo compartimos esos momentos, lo compartimos prácticamente todo.

En primer lugar nos alojábamos en los mismos hoteles, almorzábamos en los mismos restaurantes y hasta nos íbamos de copas a los mismos garitos. Todo era perfecto, funcionábamos como un equipo bien engrasado, todo el mundo sabía lo que hacer en cada momento. Existía buen ambiente, todos teníamos nuestro punto de humor y reíamos como chiquillos con solo mirarnos o hacer cualquier mueca. Nos sorprendíamos como bastante frecuencia y nuestras caras estaban casi siempre medio torcidas.

Bea dominaba el twerking y resto de las chicas el bullarengue, movimiento mucho más zafio. Con todos estos conocimientos previos se coordinaron y ensayaron algunos bailes en los que movían los culetes con verdadera maestría. La que mandaba el cotarro se llamaba Sara y tenía un trasero impresionante, me habían dado muy buenas referencias de ella. Después de cada lectura entraban en acción, se lucían de lo lindo dejando a toda la concurrencia ojiplática y más suave que un guante.

Después de Alcázar fuimos a Ciudad Real, Valdepeñas, cruzamos Sierra Morena, la Carolina, Torredonjimeno, Jaén, Sabiote, Grana capital…….y por fin tocamos costa.

Al cabo de unos días, después de cenar en una terracilla de Salobreña, les propuse tomar una copilla al borde del mar. Nadie se animó. La gente estaba algo cansada de tanto viaje y de tantas risas y marcharon al sobre.

No me resigné y salí solo a ver las estrellas. Caminaba descalzo por la playa cuando tropecé con Gabriela y Sara, estaban retozando en la arena y devorándose la una a la otra. Sus cuerpos estaban tensionados y sudorosos, y como la mostaza caducada, ganaban con los años.

Sara tomando el sol en una postura bastante extraña

Sara tomando el sol en una postura bastante extraña

-¿Pero no decíais que nada de copichuelas, que estabais agotadas? –pregunté con cierta retranca.

-Necesitamos tranquilidad, necesitamos intimidad, vete de paseo, vete a paseo, o mejor a pasear tu solo –me dijo Gabriela.

Tomé un copazo en un garito playero y me fui a dormir. Por la mañana me puse tibio con el desayuno del hotel, como siempre. Había varios periódicos amontonados en un extremo de la barra y cogí uno al azar. Era un periódico local llamado Costa Tropical. En primera página aparecía el extraño suceso acontecido la noche anterior, dos turistas que habían muerto tragadas por una de esas máquinas infernales que limpian nuestras hermosas playas, que habían dado nosecuantas vueltas por el torno del rastrillo y que estaban irreconocibles. Que las habían sacado de la tolva de ese trasto en un estado lamentable.

Esas máquinas infernales

Esas máquinas infernales

Me quedé pensativo por un instante y llamé a Sara para preguntar cómo habían pasado la noche. Nada, no contestaba nadie en su habitación.

Mandé un wasape al grupo de marras y me contestaron que no las habían visto.

Fui a la recepción y pregunté por el mayordomo de guardia y por su llave maestra. Subimos todos en comandita. Al abrir la puerta el tipo quedó sorprendido y nos miró.

-¿Es esta la habitación de sus amigas?

Afirmamos todos con la cabeza.

-Esta habitación está sin ocupar. Debe haber un error en el registro.

Entramos todos en tropel y echamos un vistazo. Yo me dirigí al baño y observé que había un chicle pegado en el perfil de arriba del espejo, algo que Sara siempre hacía y pocas veces limpiaban las camareras de planta.

Nos miró y todos confirmamos que esa habitación era la de Sara, no había duda, las mismas vistas por la ventana, los mismos cadáveres de mosquitos en las paredes, la misma tele, el mismo cenicero…..todas las putas habitaciones de los hoteles son iguales y no te das cuenta que te has equivocado hasta cuando te vas a lavar los dientes y extrañas el cepillo, que no es el tuyo. Pero bueno, esa era la habitación de Sara. Bajamos todos en comandita hasta el recibidor. Una amable recepcionista del hotel miró el registro y confirmó que esa habitación había sido devuelta la noche anterior. Que sus inquilinas se marcharon y que habían dejado la neverita medio temblando, que solo había una lata de aceitunas y una manzana bastante madura, por lo que llevaría allí varios días.

-¡Vaya datos más concretos que ofrece esta muchacha!, pensé.

SEGUNDA PARTE

Unos días antes la relación se había hecho más visible. A Gabriela y a Sara se las veía juntas a todas horas. Toni se fue irritando poco a poco y pasaba el día malhumorado. Yo le di un buen consejo que no venía mucho a cuento pero que me gusta decírselo a los amigos.

-Como decía aquel, si luchas puedes perder, si no luchas estás perdido.

-Nací cuando ella me besó, morí el día que me abandonó, y viví el tiempo que me amó –me contestó el jambo.

Las actuaciones que hacía con Gabriela se convirtieron en simples bolos sin ninguna gracia. En las lecturas de poesía se le percibía ausente y distante. Se le estaba jodiendo el carácter y a todos el resto el verano.

Me insinuó que hiciera algo, que pusiera fin a esa maldita relación. Investigué un poco el pasado de la pareja y resulta que tanto Sara como Gabriela tenían unas yayas muy ricas, pero aquello no podía solucionarse de ese modo.

Amigo Toni, te jodes y te aguantas, las cosas son así y así se las hemos contado –le dije al perturbado artista.

Paula con peluca rubia en su perfil del facebook

Paula con peluca rubia en su perfil del faccebook

Al rato llegaron al hotel varios coches de policías. Al mando de todos ellos estaba la comisaria Rodrigues, Paula Rodrigues Bento, así se presentó. Una mujer seria a la que no le sobraba ni un gramo de grasa, delgada, enjuta pero grácil, todo músculo y delicadeza, mirada profunda y perspicaz, pelo corto y moreno, ojos verdes y felinos. Esta tipa tenía genes de varios continentes.

El gerente del hotel habilitó un pequeño salón y por allí fuimos pasando todos de uno en uno para dar nuestra versión de los hechos. El último que las había visto con vida el día anterior era yo. A Paula le comenté el encuentro nocturno en la playa y le entregué una foto de Gabriela del día anterior.

Gabriela el día anterior

Gabriela el día anterior

Cuando salió Toni pude escuchar que le decía a la comisaria: -La vida no es más que un interminable ensayo de una obra que jamás se va a estrenar.

Me coge del brazo y me lleva a un pequeño jardincito interior del hotel que servía de distribuidor y dice susurrándome al oído.

-A esa mujer le pasa algo muy raro. Los polis están todos locos, sus parejas no les aman, sus hijos les temen, cuando salen de copas solo hablan de tonterías.

No le hice mucho caso y volvimos a dentro. Me coge del brazo la comisaria y dice susurrándome al oído:

-Su amigo está como una regadera, está completamente chiflado. Me ha dicho durante el interrogatorio que no existen preguntas sin respuesta, solo preguntas mal formuladas.

-Todos nos volvemos locos alguna vez, – contesté.

Yo estaba bastante consternado por la pérdida de Sara, con lo bien que movía el culete. A Toni no se le veía nada afectado por la pérdida de Gabriela, como si nada hubiera ocurrido.

agentes de la policia científica abandonando la playa-4

Agentes de la policía cientifíca, uno de uniforme y otro de incógnito

Paula me dijo que tal como habían quedado los cadáveres era imposible, de momento, hacer una sesión de reconocimiento. Que sus compañeros de la científica estaban intentando reconstruirlos, al menos separar los trozos de un cuerpo y los del otro. Así que hasta dentro de unos días no podríamos confirmar si realmente se trataba de ellas.

 

Agentes de la científica inspeccionando el fondo marino

Agentes de la científica inspeccionando el fondo marino

-Tal como han quedado los cadáveres es imposible, de momento, hacer una sesión de reconocimiento -añadió.

Sus compañeros de la científica estaban intentando reconstruirlos, al menos separar los trozos de un cuerpo y los del otro. Así que hasta dentro de unos días no podríamos confirmar si realmente se trataba de ellas. -En cualquier caso, no abandonen el país hasta que esto se resuelva.

Les propuse al resto del equipo seguir con la gira hasta que la juez nos llamara para realizar la sesión de reconocimiento. No nos moveríamos mucho. Las siguientes etapas eran en Roquetas de Mar, San José, Garrucha, Xátiva y Peñíscola. Sorprendentemente, a todos les pareció bien.

No es que yo fuera tan duro como para pasar página con el suceso. Había sido idea de Paula. Prefería que siguiéramos con lo nuestro durante la espera. Ella se integraba al equipo de gogos y así perfilaría el carácter y temperamento de cada uno de nosotros, además, dominaba el bullarengue y remplazaría a Sara en esa difícil tarea.

-Nunca lo hubiera imaginado –pensé.

Llevaba un chino delante de mí que balanceaba los brazos al andar de forma exagerada y descoordinada, se mete en un portal. Me cruzo con una china pequeñaja que arrastra una maleta naranja con ruedas llena de pegatinas de vuelos y más vuelos. Llego al hotel y la recepcionista es también una china petarda que está hablando por teléfono con alguien en chino. Pienso que he sido abducido y trasladado a la china capuchina.

Paula me zarandea y grita DESPIERTA, DESPIERTA CHAVAL. Me pregunta que qué pasa. Me despierto todo sudoroso y con inicio de taquicardia, la comisura de los labios llena de saliva y de arena seca.

Un mal sueño. ¡Pensaba que me comían los putos amarillos!

Tanto tinto de verano tiene sus consecuencias, es percibir la brisa marina y entro en un trance que me traslada a otros mundos.

Cosas que aparecen cuando baja la marea

Residuos orgánicos con marea baja

Estábamos en la peligrosísima playa de las Escobetas, ya en Garrucha, y me había quedado dormido bajo la sombrilla. Esta playa tiene una resaca de mil diablos y cuando baja la marea deja en la arena multitud de restos orgánicos de todo tipo.

Mis gogos saliendo de la playa de las Escobetas-2

Mis gogos saliendo a la carrera de la playa de las Escobetas

A nuestro lado estaba Toni. La playa y el sol le sentaban estupendamente. Llevaba una visera y unas gafas de sol con protector de nariz incluido, camisa larga y bañador turbo estampado de flores.

Junto a nuestras sombrillas había unas tumbonas en donde reposaban nuestras gogos.

-Pero no tienes calor, mon amour –le pregunta Elizabeth a Toni.

Elizabeth era una fantástica nativa de la Martinica y la última incorporación al equipo de gogos, llevaba en nuestro país apenas un año.

-Cómo decía aquél… ¿camisa de manga larga?, siempre –contestó.

Paula me miró, frunció los ojos y puso cara de sorpresa.

Las latinas gesticulan con los ojos una barbaridad, las negras entornan sus ojos como caén las hojas en otoño.

-¿Tienes sangre latina? –pregunté.

Soy de Cabo Verde por parte de padre, y de la Guaíra brasileña por parte de madre. Nací en el Pedernoso por casualidades de la vida.

CONTINUARÁ

 

EL JUSTICIERO

Llevábamos quince días comiendo los pocos restos que escondía la nevera. Se habían agotado todas las latas de sardinas y mejillones en escabeche que almacenábamos para épocas de crisis.

– Porqué no vas a comprar unos cuantos víveres -me dijo Sara.

Me visto y allá que voy al mercado a por un poco de alimento.

Me pongo en la cola de la charcutería. Pregunto por la última. Me dice la mujer que tengo delante que ella es la única que hay en la cola, así que ella es la última. La tendera ya le había dado las vueltas y seguían hablando de sus cosas. La clienta le contaba en voz baja lo riquísimo que estaba su flujo vaginal, lo dulce y cremoso que se mantenía. Agudicé el oído. La charcutera le decía que a su edad eso era ya un prodigio. Esperé unos minutos, como no acababan con la conversación, entorné los ojos, me di media vuelta y marché a la cola de la pescadería.

La muchacha con la que me crucé

La muchacha con la que me crucé

A mitad de camino me cruzo con una bellísima muchacha. No me mira, no me hace ni caso, como si no existiese.

Llego a esa parte del mercado que parece un puerto de mar. A mí me sale la mitad de lo que corre por mis venas y comienzo a pensar y a canturrear en galaico. Allí están, todo tipo de peces y crustáceos, todos ordenados por grupos, unos mirando hacia arriba y otros para abajo, los boquerones y las parrochas mirando para todos los lados.

Cojo mi número. Van por el 98 y yo tengo el 16. Eso quiere decir que si el rollo es de 100 me quedan solo 18, pero si el rollo es de 1000 me quedan 1018. Pregunto a una tipa con carrito que tengo a mi lado que como va el asunto, que si el rollo es de 100 o de 1000. Me mira y vuelve la cabeza hacia el otro lado.

– El 2 –dice una de las pescaderas.

Miro al contador luminoso y confirmo que el rollo es de 100. Miro de nuevo a esa tipa y le echo una sonrisilla apretando los dientes.

Mis pescaderas presumiendo

Mis pescaderas presumiendo

Decido quedarme a esperar mi turno. Hay gente que pide pescados enormes, luego le dan instrucciones a la paisana para que se los limpie, les quiten las espinas y se los hagan filetes. La pescadera mientras que esto ocurre coge uno gordote, lo pesa y pregunta que si te parece bien, lo moja, le quita las escamas, lo vuelve a mojar, lo despieza y finalmente les da un paquetito diminuto con todo el pez fileteado. No entiendo nada.

Junto a mí había un viejete acompañado de su cuidadora sudamericana. Una mulatita rolliza bastante linda, con la piel brillante, nariz chata y unos labios carnosos pintados de un rojo intenso. No me mira nada, no me hace ni caso, como si no existiese. Le tocaba su turno y no estaba para otras cosas.

Se me acerca el viejín y me dice que se siente acosado, muy acosado. Que ya no lo aguanta más. Que tiene noventa y dos años avanzados. Me muestra señales de mordisquitos en el cuello, heridas en las muñecas de haber sido esposado, los morretes enrojecidos, las orejas como Dumbo.

La muchacha recibe sus vueltas, se gira hacia nosotros y coge al viejete del brazo.

– Vámos Julián –dice medio gritando.

El viejete me mira, acerca su brazo al mío y me da un papelito por lo bajín, lo agarro, cierro el puño y hago como si nada hubiera ocurrido.

– ¡Hasta la próxima! –les digo.

Cuando han desaparecido por el pasillo abro la mano y estiro el papelito. Venía su dirección y su número de teléfono. Lo guardo en el bolsillo y me quedo pensando un poco hasta que alguien grita mi número.

Le pido a Juani una merluza gallega. Agarra un pedazo de bicho y lo pone en el peso.

– 3,900 kg. caballero.

– Acepto el trato. Verá, me quita las espinas y lo filetea……

A mitad del proceso me pregunta que si quiero la cabeza, que qué hace con la espina, que si los filetes así o asá, me los muestra en un papel lleno de sangre. Yo la miro y sonrío. Me da un paquetito diminuto con los filetes de mi merluza de casi 4 kilos, pago y me voy más contento que unas pascuas.

Al salir me dice la señora a la que pregunté por el numerito, que la merluza está mejor en rodajas.

La miro y echo otra sonrisilla apretando los dientes.

Ya solo me faltaba comprar unos callos, así que me dirigí como una flecha a otro de mis puestos favoritos. Allí estaba mi tendera de siempre, Mariluz y su marido Alfonso.

– ¡Hola muchacho, pero que bueno que estás! –me dice Mariluz.

Nos conocemos desde hace tres años y siempre me dice lo mismo.

La casquería de Mariluz and company

La casquería de Mariluz and company

Ella a cargo de la casquería y su maridito a cargo de la carnicería. Me pone lo de siempre, dos kilos de toalla, una pata y medio careto de una bonita vaca. Mientras me despachaba, Alfonso hablaba con el frutero de enfrente. Le contaba que conocía a una clienta con unos problemas graves de almorranas. Cuando le asomaban por la cintura, preparaba unas albondiguillas de aloe vera, las congelaba y se las aplicaba para calmar todo aquello. Que eran como las verdades del barquero, un buen remedio.

Mariluz y yo hacíamos como que no prestábamos atención, pero tomamos nota. Nos echamos unas risas y nos despedimos hasta otro ratejo.

– ¡Tengo prisa, péiname despacio! –me dice la muy ladrona.

– ¡Préstame tu peine y péiname el alma. Embrújame y volvámonos eternos! –contesté.

Mariluz cuando era joven

Mariluz cuando era joven

Antes de llegar a casa me cruzo con un chavalín que paseaba con unos perros salvajes y me pide un cigarro. Lo miro con cara de desprecio y se me pone chulo. Con el brazo desocupado le cojo del cuello y con el brazo del que colgaban todas las bolsas le cojo de los huevos. Sudaba goterones.

De pronto una vieja me coge de mis huevos.

– ¡Deja a mi nieto tranqui!

Como de forma instintiva le pegué un rodillazo en el mentón y al chaval le di un buen calentón con la mano buena. Llego a casa y cuento lo sucedido.

– ¡No me lo puedo creer!, la última vez que vas al mercado solo, me dice Sara.

Pasaron unos días. Cojo unos pantalones, me los pongo, meto la mano en el bolsillo y allí estaba, el papelito del viejete del mercado.

Vivía a dos calles de mi casa. Decido hacer un pequeño seguimiento para conocer el asunto. Me quedo plantao en el banco frente a su portal para vigilar sus movimientos. Al cabo de unos días, nada, ni una salida del pobre viejete. Ella sí, salía cada dos por tres, iba a la compra, venía una amiga a buscarla, también un joven de piel tostada que subía al piso muy a menudo.

Completamente adaptado a mi puesto de vigilancia, los vecinos del barrio pensaron que me había trasladado a vivir en aquel lugar. Algunas mujeres, a la vuelta del súper, se acercaban a ofrecerme barras de pan y tetrabricks de leche. Incluso los domingos, había alguna vieja pelleja que llegó a dejarme en el banco bolsas de plástico con ropa usada de sus difuntos parientes. Pantalones de pinzas, camisas del año de la polca con el cuello y los puños de distinto color, zapatos de rejilla. En fin, que llegué a vestir de forma bastante elegante y variopinta.

Me lavaba los dientes en el locutorio que había junto al portal, había hecho buenas migas con el paquistaní que lo regentaba. Un buen día me miro al espejo, abro los labios y separo los dientes. Veo que un premolar de arriba y un incisivo de los de abajo han ganado tamaño desde la última vez que hice esta operación. Alucino un poco, salgo del lavabo y paso desapercibido. Así pasé dos o tres días. Cada día crecían más y más. Decido abandonar la dieta de leche. A partir de ese día rechazaba cualquier donativo en forma de tetrabrick. Me limé un poco todo aquello sin decir nada a nadie. Dos semanas más tarde parece que se detuvo ese desmesurado crecimiento.

Al cabo de unos días sabía bastante sobre la extraña parejita que habitaba en el 6ºC. Los viejetes de los portales cercanos se sentaban junto a mí y me contaban chismes de toda la vecindad, sobre todo el bueno de Antonio, pasábamos largas horas charlando y riendo.

Un buen día me contó que la chavala se llamaba Sabrina, que Julián había sido amigo suyo durante toda la jubilación hasta hace dos años, cuando apareció ella en sus vidas.

Paseábamos por el Retiro, fumábamos como carreteros, nos tomábamos nuestros vinitos y veíamos a las chicas pasear a sus chuchos. Todo perfecto hasta que se sentó ella en nuestro banco favorito y le dijo a mi amigo Julián -Vente conmigo y ámame, soy una chica salvaje y seremos muy felices juntos.

Julián no dudo ni un segundo, decidió romper una amistad de años por una estupenda muchacha convertida en una máquina sexual.

Desde entonces, no he vuelto a salir con él. Mi vida ya no tiene sentido, deambulo por las calles sin rumbo fijo, estoy deprimido y me duermo en cuanto me siento.

– ¡Pues sí que tenemos un problema!. Lo de dormirse en cualquier parte es consecuencia de la edad –le dije

Ante esta muestra de sinceridad yo le confesé que estaba allí en misión de vigilancia, que había conocido a su amiguete en el mercado y que me había pedido ayuda.

Equipo de vigilancia

Equipo de vigilancia

A partir de ese momento ya éramos dos los que vigilábamos quien entraba y quien salía del inmueble. Antonio organizó un comité de crisis y movilizó a toda la vecindad de su generación haciendo preguntas y recabando información. Nuestro banco era el más concurrido de la calle, incluso había días que nos preparaban bocadillos calientes para matar el rato. Teníamos un profundo conocimiento de todo lo que ocurría en esa casa, lo que comían, lo que tiraban a la basura, la gente que entraba y salía, donde viven los anormales, los medio normales y la gente que merecía la pena.

Todo lo que necesitábamos era urdir un buen plan y entrar en acción.

Formamos un equipo de intervención rápida. Se unieron Rosario y Julieta, dos amigas de Antonio que sabían latín del bueno.

Ellas intentarían entretener a Sabrina cuando fuera al mercado y nosotros entraríamos en su casa para ver como estaba el amigo Julián. Con el extintor derribaríamos la puerta. Todo encajaba.

Llegó el día.

A las 11:35 A.M. se abrió la puerta del portal y salió Sabrina. Allí estaba su amiga Enma esperándola. Se cogieron del brazo y tomaron el camino hacia el mercado. Con un chasquido de dedos y cuatro miradas nos pusimos todos en movimiento. Rosi y Juli se cogieron también del brazo y comenzaron a seguirlas de lejos. Habíamos quedado que si tomaban otro camino o había un cambio brusco de planes, que pulsaran sus botones rojos de alerta sanitaria. Son esos dispositivos que llevan los viejetes colgados del cuello para casos extremos, cuando los aprietan acuden varias unidades de Uvis, policía, servicios de limpieza. Se monta una verbena. Eso nos ayudaría en el momento de la retirada.

Antonio y yo entramos como balas en el portal. El subió en ascensor debido a su edad avanzada y yo por las escaleras para controlar el vecindario. Entre el cuarto y quinto descansillo cogí el extintor que colgaba de una pared. Pesaba un huevo y estaba lleno de mierda, me puse perdido mi jersey de pico.

Llegué al 6º y allí estaba Antonio con las manos en los bolsillos y silbando muy bajito para controlar los nervios. Llamamos un par de veces y nada, nadie abría ni se escuchaban grandes ruidos. Cogimos el extintor entre los dos y arreamos  un buen golpe a la cerradura. Destrozamos el marco de la puerta y nada. En el segundo intento salió la vecina del 6ºA, nos miró y cerró la puerta sin decir ni pío. Por fin se abrió con el bombín colgando, le dimos una patada y pasamos al interior como hacen los polis. Antonio giró hacia la cocina y yo me dirigí sigilosamente al salón.

Julian cuando lo encontramos

Julián cuando lo encontramos

Allí estaba el bueno de Julián, atado a un butacón con la tele puesta y unos grandes cascos en los oídos para escucharla. No se había percatado de nada. Estaba aseado y con buena presencia, aunque un poco chupadito y con cara de agotamiento. Nos miró, le quitamos los cascos y le liberamos de sus ataduras. Se fundió con Antonio en un intenso abrazo. A los dos se les escaparon unas lágrimas, a mi solo una que intenté disimular.

¡Bueno muchachos. Movimiento!. Aquí no hacemos nada. Ya nos contarás luego tus peripecias.

De pronto oímos un jaleo de sirenas en la calle y gente de uniforme subiendo por las escaleras. Alguien había cantado. Al parecer nuestro equipo de apoyo tenía la lengua muy larga y prácticamente todo el barrio conocía el día D. Comenzamos a darnos pellizcos para ver si alguno reaccionaba. De pronto se abrió de nuevo la puerta del 6ºA y nos dijo la señora que pasáramos muy rápido. Ella se quedó en el descansillo y simulo un gravísimo ataque de ansiedad, con fuertes temblores y sacudidas. Un agente antidisturbios musculado se le acercó y le preguntó si había visto o escuchado algo. Ella en pleno ataque de pánico pudo decirle que los agresores habían huido, que se trataba de dos mujeres jóvenes de 1,60 metros de altura y un hombre de mediana edad de 1.80 y unos 90 kilos de peso, cabello rubio y etnia eslava, que una de ellas llevaba un piercing en la nariz y un tatuaje con la cruz de malta en una de sus muñecas. El agente tomo nota en una libreta y dejó que la atendieran el equipo médico habitual que acompaña en este tipo de operaciones.

La estabilizaron, le dieron una caja de antidepresivos y le dijeron que se metiera en casa y dejara de molestar, que luego pasaría otro agente para hacerle algunas preguntas.

Observamos a través de la mirilla como Sabrina les daba indicaciones.

Permanecimos en casa de la señora Carmen todo el día. Por allí desfilaron todo tipo de personal especializado en este tipo de sucesos, policía científica con sus maletines llenos de polvos de talco, personal de apoyo psicológico, el comisario jefe del distrito, bomberos, un cerrajero de oficio, perros sabuesos que olisquearon el felpudo…. A eso de las 14:30 llamaron a la puerta y hablaron unos agentes con la señora Carmen. Les hizo pasar a la salita de estar mientras que los demás aguardábamos en el cuarto de baño. Ella volvió a describir a los agresores sin cambiar una coma de su primera declaración, hicieron una serie de retratos robot y la recomendaron no abrir la puerta a nadie. Finalmente se marcharon. Carmen nos preparó un guiso de carne con patatas, puso la radio a todo volumen y almorzamos planeando como salir de allí sin ser vistos. Los abueletes se quedaron dormiditos hasta que se hizo de noche. A eso de las dos de la mañana abrimos la puerta y todos con los zapatos en la mano desfilamos escaleras abajo hasta el portal y la calle.

Antonio se llevo a Julián unos días a su casa hasta que la cosa se calmó un poco. Yo volví a mi hogar y tiré a la basura toda mi indumentaria. No salí de compras en unas cuantas semanas.

Actualmente Antonio y Julián disfrutan de su vejez en el parque, y son venerados por su gran sabiduría y experiencia en meterse en líos.

FIN

BINGO

Nunca hubiera supuesto lo que habría de acontecerme ese domingo de mayo.

Aquel día me levanté un poco disperso. Mientras desayunaba pensé en dar una vuelta por el lago de la Casa de Campo, para despejarme.

Iba canturreando para adentro aquella canción que decía una mañana de mayo cogí mi caballo y fui a pasear….Pensé que para cruzar la ría de Villagarcía lo mejor sería coger el teleférico, así me ahorraría una buena caminata.

El paraje donde se coge ese increíble artilugio está un poco desangelado. Olía a meados y había una ingente cantidad de botellas y latas vacías por todas partes. Justo lo que un turista está buscando cuando viene de visita a la gran metrópoli.

En la rampa de despegue, junto a los torniquetes, había un hombre de mediana edad y una jovencita, uniformados con chaqueta y pantalón de color verde safari, supongo que era porque estábamos en lo que era la puerta a un mundo desconocido.

La jovencita se encargaba de completar el aforo de cada viaje. El compañero accionaba unas cuantas palancas y botones que ponían en funcionamiento aquella maravilla.

Cada cabina tiene capacidad para cinco o seis personas. En esta ocasión solo pasamos cuatro. Tres agradables muchachas de edad avanzada y yo.

Pista de despegue

Pista de despegue

– Hola, buenos días –dije yo. Se miraron entre ellas y se mordisquearon el labio inferior.

Antes de despegar me mira la más hermosa de las tres y me dice que están algo nerviosas. Yo trato de tranquilizarlas y les digo que cuando uno decide realizar un viaje de este tipo hay que desinhibirse y dejar volar su lado más salvaje, que están en buenas manos y que no creo que perdamos la vida.

Me dice que se llama Flor, que es administradora de fincas, que administra comunidades de propietarios, que administra a las mejores comunidades de propietarios de plazas de garaje de la ciudad.

– A mí me llaman Bronco y me dedico a la observación.

Que manía con que te digan a que se dedican, ¿te lo he preguntado? –pienso yo.

Flor tiene unos 45 años bastante bien llevados, nariz aguileña, rubia de bote, labios nada pronunciados, morenita de laboratorio, cinturita de avispa y culito respingón. Luce un vestidito claro sin mangas que deja asomar los tirantes transparentes del sujetador, un largo collar de grandes semillas tropicales y un bonito reloj blanco del mejor plástico de diseño en su muñeca izquierda. Parece una chica bastante resuelta, con acento superpijo, medio mona y con un cuerpazo.

Sobre las otras dos amigas, poco hay que decir. Una de ellas rondaría los 60 años, morena de bote hasta las cejas, pelo largo, gafas metálicas de color dorado y fea como el diablo. Yo creo que hasta de pequeña era la más fea de su pandilla. Eso sí, iba muy pintada para disimular, pero no podía evitar un gesto desagradable, tenía cara de asco.

La otra muchacha posiblemente estaría ya entrando en los 70, rubia de bote, pelo ahuecado y grandes anillos dorados colgaban de unas manos cuidadas. Debió haber sido algo más guapa de joven que la otra, pero tampoco debió ser gran cosa, aunque lo llevaba muy bien. Tenía una sonrisa encantadora y los pezones todavía duros como almendras. Al menos, eso me dijo.

De pronto se cierran las puertas y notamos una pequeña sacudida. Aquello se pone en marcha.

Una de ellas emite una risita muy aguda producto de los nervios.

Flor me agarra de un brazo y se arrima a mi lado. Las otras dos pretenden hacer lo mismo y les doy el alto.

– No podemos ir todos en el mismo lado, que se desequilibra el ingenio –les digo.

Los cuatro sobrevolando la ciudad

Los cuatro sobrevolando la ciudad

Madre mía que barullo de viaje. Las dos abuelas entraron en un estado de histeria colectiva, bueno, de su pequeño colectivo. Las caras desencajadas, unos chillidos de adolescentes, se despeinaron, se movían de un lado a otro, daban saltos y caían de culo muertas de risa. Flor se me arrima, sus manitas arañaban con fuerza mi antebrazo, mi hombro, mi cuello, mi cara. La situación estaba descontrolada y acabábamos de despegar.

Pego un rugido de los míos –grrrrrrrrrrruuaauuuuu.

– Vamos a tranquilizarnos un poco o me desnudo –les digo.

Se miraron las tres y se tranquilizaron de momento, pero solo un poco. Al pasar por encima del río volvieron a gritar y a dar saltos. La señora rubia sacó medio cuerpo por la ventanilla y escupió al agua, que era lo que le faltaba al río. Comencé a desnudarme de cintura para arriba. Me quito la camiseta y veo que tengo todos los brazos y el pecho llenos de arañazos con hilitos de sangre. Me desabrocho el cinturón, lo saco de sus anillitas del pantalón y doy dos correazos al aire.

Me miran las dos ancianas de enfrente y comienzan a quitarse sus blusas. A Flor la veo que se coge la falda de su vestido y comienza a tirar hacía arriba.

Me abro el pantalón y me lo bajo hasta las rodillas, y sin terciar miradas de ningún tipo, me agarro los calzoncillos y me los bajo también hasta las rodillas.

Se quedan estupefactas, dejan lo que estaban haciendo, se vuelven hacia las ventanillas y se agarran a la barra metálica. Todo vuelve a la normalidad, nos vamos vistiendo cada uno poco a poco. Ya no se escuchan gritos ni carcajadas. Yo creo que se asustaron de lo lindo.

Cuando llegamos a la plataforma de aterrizaje salimos de la cabina más suaves que la leche. Allí había otros dos operarios, también una chica jovencita y un tipo cincuentón.

– ¡Vaya viajecito que se han dado, ehhhhhh! –dice aquel tipo. Luego mira la cara de las chicas y nos dice que si queremos un relajante muscular. No le hacemos ni caso y nos vamos caminando despacio.

Al bajar las escaleras hay un chino que vende botellas de agua y refrescos, le pillamos unas cervezas y nos ponemos a caminar. Flor me agarra del brazo y apoya su cabeza en mi hombro. Las dos amigas caminan unos veinte metros más atrás pero a la misma velocidad. Al cabo de un buen rato caminando lentamente, me despego de Flor y echo a correr como alma que la lleva el diablo. No paré hasta llegar al Parque de Atracciones. Allí eche un buen trago en una fuente, me atusé el pelo un poco y me fui caminando hasta el Lago, el motivo de mi paseo matinal.

Como no quise tentar a la suerte volví a la ciudad andando. Tenía pensado comer en algún garito del centro. Al pasar de nuevo el río me acordé de mi amigo Raúl. Trabaja de camarero en Casa Mingo hace la torta de años. Cambio de planes. Para allá que me dirijo como una flecha. Ya era la hora del apetito y aquello se empezaba a llenar.

Casa Mingo un dia cualquiera

Casa Mingo un dia cualquiera

– ¡Que pasa hombretón! –me dice el bueno de Raúl.

– Aquí estoy, con más hambre que un galguete –le contesto.

Le pedí que me buscara una buena mesa en uno de los comedores particulares que tienen reservados para los clientes de verdad.

Allí estaba, una larga mesa de unos treinta metros lineales en los que nos habían juntado a todos los clientes de verdad. Al inicio estábamos sentados ocho personas, todas distanciadas, dejando grandes huecos entre unos y otros. Al rato comienza a llegar gente y gente. Se me acerca Raúl y me pregunta si no me importa, pero tiene que alojar en nuestra mesa reservada a un imprevisto con forma de comunión de un sobrino de Esperanza Aguirre. Yo le digo que no me joda. Me dice que les han echado del salón para convites que tenían contratado en El Pardo y han pensado en mí salón reservado.

– Venga, tampoco te pongas así –me dice.

– Vale, pero diles que no monten mucho escándalo –le digo yo.

Fueron llegando todos los invitados y se sentaron en los huecos libres que quedaban entre los que estábamos. Se completó el aforo de la mesa, 150 comensales. Nos pusieron mantel y cubiertos, nos integramos en la celebración de la comunión.

SALON RESERVADO EN CASA MINGO

Salón reservado de Casa Mingo

Dos o tres asientos a mi izquierda tenía enfrente a una persona que reconocí al instante, era Maribel Verdú.

– Esta chavala siempre me ha gustado –pensé yo.

Estaba flanqueada a uno y otro lado por dos niñitas rubitas con unos vestiditos preciosos. Debían ser hermanas o amiguitas del homenajeado. Maribel me miraba de soslayo, yo también.

MARIBEL MIRANDOME DE SOSLAYO

Maribel mirándome casi de soslayo

Llenaron la mesa de raciones de empanada, chorizos a la sidra y queso de Cabrales, todo eso aderezado con platos de patatas fritas, gusanitos y no sé que más, que para eso era una fiesta infantil.

A mitad de los aperitivos tiramos los dos la servilleta al suelo a la vez, y para allá que vamos a buscarla bajo la mesa. Coincidimos junto a un pantalón vaquero lleno de rotos y unas piernazas más bien tostadas que salían de una diminuta falda vaporosa. Nos presentamos como es debido con un hermoso beso en las mejillas.

– Pareces un muchacho agradable y conservador –me dice.

– Más bien observador. Si hay dos cosas que me definen, son esas, agradable y observador –le digo yo. También tiro a algo dulce, tierno y un poco agresivo al final, cuando me muerden detrás de las orejas –añado.

– ¿Y tu como conoces a este musa de la política? –le pregunto.

Me dijo que cuando era joven impartió clases de tenis a sus sobrinas y que entablaron una bonita y duradera amistad.

Me pregunta que desde cuando conozco yo a ese monstruo neoliberal.

Le digo que nos conocimos hace unos años cuando tuvimos un acuario en casa. Bueno, cada uno en la suya. Coincidíamos en la tienda donde se compran los repuestos de la pecera y la comida de los peces. Cuando estábamos aburridos en casa, bajábamos a la tienda a ver grandes peces de colores dándose de bruces contra las paredes.

Entablamos una bonita amistad pero algo más efímera que la tuya, ya que a mí no me ha invitado –le digo yo.

– ¿Qué te ha pasado en la cara? –me pregunta Maribel.

– Nada, que esta mañana he tenido un altercado con unas brujas –le contesto.

Una prima de homenajeado

Una prima de homenajeado

Volvimos a nuestros asientos justo en el momento que comenzaban los camareros a traer bandejas cargadas de pollos.

– ¿Por qué no me hablas, por qué rayos no me hablas? –le pregunta a Esperanza uno de los camareros que servían las mesas.

– No sé, no sé. ¿Pero tú quien eres? –dice Esperanza.

– Te he arreglado el jardín durante años y ahora me ves y no me hablas –dice el jambo.

– ¡Hombreeee, Haddy!, no te había reconocido. Estos indios son la mar de susceptibles –dice Esperanza como medio gritando y con una risotada socarrona. Se escuchó una risa generalizada y seguimos comiendo.

Nosotros allí estábamos dándole al pollo como si no hubiéramos visto uno en nuestra vida. ¡Que rico estaba todo!. Que delicia observar a Maribel comiendo el pollo con las manos y con todos los labios grasientos y relucientes.

Cuando ya comenzaba a estar un poco saciado le hice un guiño a Maribel y tiramos los dos al suelo un trozo de pan. Para allá que vamos los dos a buscarlos y volvemos a coincidir en los bajos de la mesa.

Se abalanza sobre mí y me pega dos mordisquitos detrás de las orejas. A continuación me propina unos grandes besucos en la base del cuello. Entre lo fresquita que estaba y la grasa del pollo que conservaba en sus labios, fue una sensación muy placentera.

De pronto se escuchan unos gritos muy fuertes y unos golpes como de sillas volando, chillidos de mujeres histéricas, varios tipos con pasamontañas se lían a pegar tiros de revolver a diestro y siniestro, alguna que otra ráfaga de metralleta, se organiza un gran revuelo, gente herida que caía al suelo y nos veía allí debajo.

El tipo que mandaba

El jefe del comando

Aparece bajo la mesa Esperanza y todo su cuerpo de seguridad. Aquello comenzaba a estar muy frecuentado.

– ¿Pero ya no me hablas, ya no me hablas? –le digo a Esperanza.

– No sé, no sé. ¿Pero tú quien eres? –dice ella.

– ¡Hombreeee Bronco!, cuanto tiempo.

Un tipo como un castillo me da un empujón y dice que todos en movimiento. Coge a Esperanza del pescuezo y nos ponemos a gatear por debajo de la mesa en dirección contraria. Esperanza, Maribel y yo a continuación. Detrás de mí otros dos o tres cuerpazos más de seguridad. Esperanza llevaba un tanguilla minúsculo de color azul celeste, lo que transmitía una frescura y tranquilidad a todos los que la seguíamos. Maribel llevaba unas braguitas de color verde primavera a medio moflete, presentaba un culete firme y redondito. Los dos se movían a un ritmo frenético y me parecieron muy sugerentes y apetecibles.

El tipo que iba el primero se detiene ante una trampilla pequeña que había en el suelo, tira de una anilla para levantarla y nos colamos toda la comitiva de furtivos, el último la cierra y bajamos por unas escaleras de madera todos boca abajo.

Se trataba de un antiguo almacén del bareto y se comunicaba con otra sala donde venían los proveedores a descargar. De ahí a la calle en menos de veinte segundos. Uno de ellos derribó una pequeña puerta metálica, se asomó pistola en mano y dijo que todo estaba tranquilo. Salimos a una callejuela de la parte trasera, de allí hasta las vías del tren y nos escondimos entre la maleza.

– Que destreza y astucia has tenido –le digo al tipo de seguridad.

– Cálla –me dice él.

Estaba ocupado con su iPod y hablando con el móvil a la vez. Nos cuenta que se trata de un grupo terrorista que venía a por nuestra presidenta. Al parecer una facción de la organización Amanecer Dorado se ha colado en nuestro país con objeto de liquidar a personas tan liberales como nosotros. Nos dice que nos hemos librado por los pelos, pero que parece que han asesinado a casi todos los comensales.

Aparecen tres coches de color oscuro con las luces apagadas. En uno de ellos nos montan a los tres. Otro de ellos abre la comitiva y otro al final la cierra. Nos dice Esperanza que donde nos pueden dejar, que ella va de inmediato a dar una rueda de prensa y a contar lo sucedido.

Maribel y yo nos miramos. Me dice que conoce un garito divertidísimo junto a su hotel.

Maribel Verdu en su habitación del hotel

Maribel in the room a la mañana siguiente

Prácticamente nos tiraron del coche a la altura de Callao. El resto de la noche da para otro relato.

FIN

LA BUENA NUEVA

Aquella tarde había quedado con mi amiga Sara para darle la tabarra un rato.

Se puso a llover como suele llover en pleno monzón en Singapur. Bajaban ríos de agua por las calles, iba correteando de salto en salto para no morir ahogado, tenía las piernas mojadas hasta la rodilla, hacía un rato había perdido un zapato en un paso de cebra. Vi como el zapato se lo llevaba la corriente y lo engullía una alcantarilla sedienta de hombres y de zapatos.

Al intentar cruzar una esquina observé como en la acera de enfrente la corriente se llevaba en volandas a una señora gorda en su propia silla de ruedas. Intenté echarle el lazo, pero me di cuenta que ese día lo había dejado en casa. Miré hacia otro lado y agarre con fuerza una farola. Pasó junto a mí un pequeño coche con una madre y sus niñas dando volteretas por el agua.

Continué andando al lugar de encuentro. Al bajar una cuesta muy pronunciada, ya casi al final de mi barrio, en un pequeño solar de tierra junto a un parque infantil, veo un grupo de gente aguerrida con uniforme y unos caballos. Observo que uno de ellos tenía una de las patas rotas –me refiero a un caballo. Me dice un vecino que observaba el acontecimiento que habían traído más caballos para tratar de convencerlo y conducirlo hasta el camión, como hacen en los toros con lo mansos, añadió.

Paso junto al grupo, me mira uno de los caballos y viene directo hacia mí. Sabía que estos bichos cuando se encaprichan de uno te empujan con la cabeza y luego cuando estas en el suelo se lían a mordiscos. Eché a correr por si las moscas, me meto en el jardín de un bloque de pisos, el cabrón seguía detrás de mí. Salto una pequeña valla de aligustre, doy vuelta al edificio, le escucho bufarme detrás de las orejas, veo una cancela de salida de vehículos bastante alta, me tiro al suelo e intento pasarla por debajo, hay suficiente hueco, paso medio cuerpo, la cazadora se me engancha, veo al caballo que trota en mí dirección, fuerzo la cazadora, tiro de ella, el pánico me invade.

Cuando me tiene acorralado, yo panza arriba en el suelo, el con la cabeza muy cerca de la mía, va y me dice que tiene unos problemas muy graves, que le ayude.

– Se trata de un amigo que tengo y que convive conmigo, me dice.

El otro día me preguntó si quería salir de marcha, que el tenía muchas ganas. No le hice caso, eso ocurre a menudo, bastante marcha tiene uno a diario. Por las noches no paro, rasco aquí, rasco acá, el tipo se mueve, no me deja descansar, le tiro un bocado, otro, nada, no me deja descansar.

Cuando amanece saco la cabeza por el ventanuco, se me hacen las horas interminables hasta que vienen a cambiarme la paja de la cama. Aparece Bernardo, me dice cosas cariñosas y me saca fuera con el resto de amigos. En esos momentos Bailaor o Califa son de gran ayuda, me rascan por donde yo no llego, pero prefiero a Gitana, ella si sabe donde rascar y morder para aliviarme un poco. Allí pasamos un par de horas charlando y moviendo las melenas.

– Bueno, le digo yo. ¿Y en que puedo ayudarte?. ¿Quieres que te rasque con mis uñacas?.

– No, ese es un problema menor y he aprendido a vivir con él, me dice.

Ahora te cuento lo que realmente me preocupa.

Después de cambiarme la cama, aparece Jorge Ricardo y nos hacen correr otro par de horas en círculo. Es bastante aburrido. Los más jóvenes saltan de alegría, corren de un lado a otro, se pavonean y presumen de lo lindo, ellas los miran, comentan, risitas, se excitan –a las yeguas me refiero. Los más viejos corremos, solo corremos en círculo y les enseñamos lo aprendido durante años, para eso llevamos aquí toda la vida y todavía nos mantienen con vida.

Jorge Ricardo y Califa, el que saludo soy yo

Jorge Ricardo y Califa, el que saludo soy yo

– ¿Cómo te llamas?, le pregunto.

– Los humanos me llaman Qant, mis compañeros me llaman iiiiihhhhiiiiiiiiiiibbbbrrrruu, que en humano significa padre de la lluvia.

Luego nos abrigan para que no cojamos frío y cada mochuelo a su olivo, ha llegado la hora de comer y siestear un poco. Por la tarde nos sacan otra vez, vienen unos personajes diminutos y montan a los más jóvenes, nosotros observamos desde la barrera. Hay mucha más gente mirando que por la mañana, algunos gritan, otros apuntan cosas en pequeñas pizarras.

A veces se llevan alguno de los compañeros más veteranos y no volvemos a verlo.

Los fines de semana son otra cosa.

Mi amiga Gitana y su dueña

Mi amiga Gitana y su dueña

El sábado nos dejan dormir un par de horas más. A eso de las 10 aparecen nuestros dueños completamente pertrechados, con sus niñitas completamente pertrechadas, con sus botas altas y relucientes, sus melenas suaves y delicadas, sus pantalones ajustados. Se me acerca Elena y me dice cosas cariñosas, viene totalmente perfumada, me gusta como huele. Me acaricia detrás de las orejas, yo me hago el remolón. José Ricardo le pone un cajón y la ayuda a subir. Siento el calor de sus muslos por mi pecho. Correteamos un poco despacito, luego me achucha y nos hacemos unas carreras, sudamos, saltamos, luego otra vez despacito. Así durante un rato hasta que la muchacha se agota y necesita un descanso. Los mirones no tienen el más mínimo reparo en hacer comentarios humillantes, que si ya estoy viejo, que si cojeo un poco, que ya no soy el de antes. Menos mal que Elena me ama, está encaprichada conmigo y eso me mantiene en la brecha.

Las carreras los domingos

Las carreras los domingos

Los domingos se respira nerviosismo en el ambiente, nos levantan un poco antes. Aparece Bernardo, José Ricardo y un par de tipos más fumando unos puritos pequeños. Hacen la selección y se llevan a dos o tres de nosotros, los cargan en unas camionetas ridículas y no los vemos hasta por la noche. Regresan con sus heridas frescas y rezumando, todas llenas de moscas. Les han apretado de lo lindo. Se las lavan y curan, les dan una pomada cicatrizante que se llama Horsesalve, luego les dan doble ración de comida y a dormir. A mí hace años que no me llevan a ninguna parte.

– Me ha dicho el nombre de la pomada, pienso yo.

Recuerdo cuando era pequeñita, Elenita era una chica dulce y deliciosa, un día le raspé con la pezuña un muslito para comprobar si era de verdad. Tenía una temperatura corporal que llamaba la atención, toda calentita a punto de ebullición. ¡Como disfrutábamos!….

– Por lo que me cuentas, llevas una vida que no te puedes quejar, le digo.

– Ahora viene el problema más grave, me dice.

Chicas a caballo

Chicas a caballo

El domingo pasado me sacaron con los demás compañeros como siempre. A todos los recibieron sus respectivos dueños, comenzaron a ponerles la mantita, la silla, a peinarles sus fuertes y robustas crines. Yo miraba de un lado a otro y no la veía. Elena apareció al cabo de un rato acompañada de su padre, de una rubia despampanante y sofisticada, de Bernado, de José Ricardo y de un tipo con un bigotito muy bien cuidado, fino y acabado en dos tirabuzones en los extremos.

Ese tipo tan estilizado les dice a Elena y a su padre que no se preocupen, que ya tiene un destino para mí.

– El pobre ya es viejo y no rinde como antes, mi Elena necesita uno más brioso y fogoso, dice el maldito padre de Elena.

Yo cuando era joven

Yo cuando era joven

La miro, ella me mira, le resbala una lagrimilla por una de sus mejillas. Como yo tengo las lagrimillas llenas de moscas no se me nota, pero también me entristezco.

– A Qant nos lo llevamos a la vigilancia del casco histórico, que tampoco se vive tan mal, dice aquel tipo.

He pasado toda esta semana de sol a sol patrulleando por las calles del Madrid de los Austrias al Palacio Real, de allí hasta la plaza de Ópera, vuelta por Carlos III, de nuevo hasta Mayor, un poco por la plaza de la Villa, y vuelta a empezar. Todo el santo día con un tipo encima que no deja de decirme cosas y de darme palmaditas en el cuello.

Estoy cansado

Estoy cansado

Fotos por aquí, fotos por allá, resbalo cada dos por tres, tengo la cabeza loca de tanto ruido…NO PUEDO MÁS!!!!. Por la tarde vuelvo destrozado, sin ganas de hablar con nadie, deseando pillar la cama y esperar que llegue un nuevo día. Además me han cambiado de casa y ya no veo a mi antigua pandilla. Ahora tengo unos compañeros de lo más chusqueros y desagradables. Me dicen que no valgo ni para eso, que de donde he salido, que vaya pedazo de mierda que estoy hecho.

– Cabrones, me están haciendo la puñeta. Quieren acabar conmigo.

– Pues sí que lo tienes claro. Eres carne de matadero o en el mejor de los casos de un rico foie gras, que se ha puesto muy de moda en las islas británicas, le digo.

– Necesito un lugar para dormir esta noche, me dice.

De pronto oímos unos gritos.

– Qant!!, Qannnnnnt!!!, Qannnnnnnnnnnt!!!!!!!!!

– Rápido, toma estas llaves y vete a mi piso, vivo en la calle del Olmo número 8 4º derecha, no cojas el ascensor, sube por las escaleras y espérame allí, le digo.

Había quedado con Sara hacía más de una hora. Ya no llovía.

Cogimos direcciones opuestas. Cuando caminaba me crucé con un policía que me preguntó si había visto un caballo de pelaje negro zaíno. Puse cara de despistado, las manos en los bolsillos, arqueé las cejas para arriba y seguí andando.

Al fin llegué al bar bocadillería donde había quedado con Sara. Allí estaba, al fondo de la barra hablando con un tipo delgaducho con camiseta de tirantes.

– ¡Hombre, ya era hora!, me dice mi amiga. Te falta un zapato.

– Eso es lo menos curioso que me ha pasado esta noche, le digo.

– Este es mi amigo Jonny, hacía un montón que no nos veíamos y resulta que acaba de venir de México D.F., me dice Sara.

– Le miro y le pregunto que qué tiempo hace por allí.

– Me mira y me dice que mejor que por aquí.

Tenía unas grandes cicatrices en la espalda. Luego más tarde me diría Sara que fue desde que estuvo detenido una semana en la comisaría de Benito Juárez. Le pusieron unos arneses y pasó toda una semana gateando de un lugar a otro. Se lo follaron todos y cada uno de los polis, y alguno de sus pervertidos amigotes. Logró escapar gracias a su novia, hizo que la detuvieran también, aprovechó un descuido de los agentes, encañonó al comisario jefe y salieron de allí. El Jonny estuvo en cama y boca abajo más de dos semanas, hasta que pudo incorporarse. En aquellos momentos prometió venganza.

Como eso fue luego, en ese momento inicial yo le miraba la espalda y el me miraba el pie descalzo. Los dos pensábamos que vaya tipos con los que se relacionaba Sara.

El garito bocadillería se llama Bar Budo. Lo regenta un tipejo que responde al nombre de Gioseppe, yo le llamo Gino y no me llevo muy bien que digamos. Es un colega de Sara desde hace años. Se conocieron unas vacaciones de verano en una terraza de un restaurante de Salou. Ella había ido a pasar unos días con sus padres. El trabajaba atendiendo a las mesas y dando la paliza a toda tía buena que aparecía. Luego, al acabar el verano, el dejó su trabajo y Sara lo arrastro a la gran urbe. Nos hicimos todos un poco amigos. Los amigos de mis amigos son mis amigos, como decía aquella canción.

Lo de Bar Budo venía por el anterior dueño del garito, que apenas lo conocimos. Este pájaro se lo arrendó y no le cambió ni el nombre. El único dinero que invirtió fue en arreglar un poco los baños y en limpiar la grasaza que tenía la plancha, todo lo demás seguía igual que antes.

Gino en sus lavabos una noche torcida

Gino en sus lavabos una noche torcida

Aguanté el palique con Gino durante un rato, Sara conversaba con su amigo mexicano. Nos tomamos unos cuantos botellines. Gino no paraba de hablar y hablar, no había ni una tía buena en el bar, así que me cogió a mí por banda. Dije que iba al baño un momento. Gino aprovechó y dijo que me acompañaba a los lavabos. Estábamos los dos meando en una especie de cucuruchos metálicos por los que caía una cascada de agua.

 

– Cada día hacen los meódromos más agradables, pensé.

Gino meando después de la reforma

Gino meando después de la reforma

Me fijé que a Gino mientras meaba le caía una gota tras otra de orín hacia abajo, así como al inicio del capullo. Al terminar apretó su gusano y lo meneó de un lado a otro. Cuando se retiró había un charquete de orín junto a mi pié descalzo.

– ¿A ti que te pasa tronco?, le digo yo. ¿Es que no sabes mear, es que tienes una gotera?.

Me mira, se seca la mano en el pantalón y sale de los lavabos sin decir media palabra. Al subir a la barra me siento en mi taburete, Gino ya le estaba dando la paliza a otro cliente.

– ¿Que le has dicho a Gino?, que ha venido hecho unos zorros, me dice Sara.

– Nada, que la gente no sabe comportarse, le digo yo.

Allí seguimos un buen rato charloteando de lo lindo, sobre todo ellos dos. Yo contaba alguna anécdota de vez en cuando, casi no me dejaban meter baza. El Jonny se fue poniendo un poco borrachuzo. También se puso mucho más meloso, te agarraba del brazo para contarte algo, a Sara la tenía totalmente sobeteada.

Creía que estos chicanos aguantaban más, al principio muy bravos y luego todo es una puta mentira, pensé yo.

Sara comenzó a mirarme más de la cuenta, empezaba a estar un poco harta del chaval. Una cosa es que haga meses que no lo veas, y otra muy distinta que te de la brasa de más.

Se fue relajando el ambiente, ahora los que hablábamos éramos nosotros dos. Jonny se fue quedando medio sopa apoyado en el rincón de la pared, de pronto se le cayó la cabeza hacia abajo y comenzaron a escucharse bufidos y ronquidos.

Nos levantamos de nuestro sitio, Sara le dijo a Gino que hasta otra, que pagaba el del rincón, cogimos la puerta y salimos a la calle.

Miré a Gino con un gesto algo amenazante, el apretó las nalgas y se le escapó otra gotita por dentro. El tipo tenía graves problemas de pérdidas. No dijo nada.

Ya en la calle me dice Sara que si vamos a su casa. Le digo que vayamos a la mía, que tengo un invitado a dormir y que no sé que estará haciendo. Que le llame por teléfono, me dice. No sé si será buena idea, le digo yo. Mejor nos acercamos y me quedo más tranquilo.

Cuando llegamos había cierto revuelo. La calle estaba cortada con unas vallas amarillas. Un municipal desviaba el tráfico. En el portal todos los vecinos, la policía, y medio barrio mirando. La cerradura estaba destrozada, los buzones aplastados y olía un poco a establo. Pregunté que es lo que ocurría. La vecina del tercero me contó que estaban cenando en casa y escucharon un fuerte golpe. Bajaron al portal y se encontraron con este panorama. También estaba una pareja de policías haciendo preguntas a unos y a otros. Uno de ellos era el que me había preguntado unas horas antes si había visto un caballo de pelaje negro zaíno. Nos miramos y nos reconocimos.

– Menos mal que le dije que subiera por las escaleras, pensé yo.

– ¡Caballero!, me dice. A quién tiene en su casa con el volumen de la tele tan alto. Sabe que a estas horas no se puede tener ese escándalo en una vivienda, que molesta a todos los vecinos.

– Debe ser la abuela, le digo. Ha debido quedarse dormida. Subo ahora mismo y resuelvo el asunto, señor agente.

Los vecinos me miraron con cara de sorpresa, saben de sobra que vivo solo o puntualmente acompañado, pero que de abuelas nada de nada. En cualquier caso ninguno dijo nada.

Bueno, vayan por el mundo, construyan sus casas y hagan fortuna. Todo el mundo fuera de aquí, dijo uno de los agentes a todos los vecinos y mirones del barrio.

– Si necesitamos algo ya les avisamos. No se preocupen por nada, nosotros esperamos a que vengan los compañeros de la policía científica, que tienen que recoger muestras y analizar las huellas de la puerta.

Cuando subíamos a mi piso Sara me miro de reojo y me preguntó que quien demonios había en mi casa. – Un amigo en apuros, le contesté.

La puerta estaba entreabierta, pasamos y la cerré. Estos animales salvajes no son nada cuidadosos, la alfombra del pasillo estaba hecha un guiñapo en un rincón, debía haberse resbalado y aterrizado de emergencia.

Allí estaba, tirado en el sofá del salón viendo en la tele un canal de videntes y con una caja de galletas entre sus patas.

– ¿Qué, están ricas?, le pregunté. Me las trajo hace unos días mi amigo Paúl de Holanda.

– Demasiada mantequilla, a mí me gustan con un poco más de fibra, me dice Qant.

– ¡Hostias, tu amigo habla!, dice Sara.

Qant se incorporó un poco y olisqueó la cabeza de Sara. Yo apagué la tele y puse un disco de los Kinks para relajar el ambiente.

– ¿Quieres una cerveza?, le digo a Sara.

– No bebo alcohol, me dice Qant.

– No te he preguntado a ti, le digo yo.

– ¿No tienes algo más fuerte?, me dice Sara.

– Tengo un orujo riquísimo de Galicia.

– ¡Venga!, me dice un poquillo alterada.

Pasamos a la cocina, la nevera estaba con la puerta medio descolgada, el interior todo revuelto y mordisqueado, todo el suelo lleno de comida y bastante pringoso. Pero que escandaloso es el tomate frito, pensé.

– Al menos ha respetado el congelador, le digo a Sara. Es que tengo los vasos ahí para que estén fresquitos.

Nos sentamos los tres en el sofá. Bueno, Qant solo apoyaba de vez en cuando una de sus patas. Le contamos a Sara lo sucedido, se la veía ya un poco más tranquila.

– Jodé, pues lo tienes claro, o eres carne de matadero o en el mejor de los casos de un rico paté, que se ha puesto muy de moda por London city, dice Sara.

– Eso le dije yo antes.

– Eso será porque hemos estado juntos por aquellas tierras hace poco, que no te acuerdas de nada CHAVALLL, dice Sara.

La policia cientifica recogiendo los trastos

La policia cientifica recogiendo los trastos

Abrí un poco la ventana para ver que hacía la policía en el portal. Le dije a Qant que no se le ocurriera tirarse pedos o abrir su bocaza. Allí estaban unos tipos con monos blancos y guantes de látex recogiendo cosas del suelo y pelos pegados en las ranuras de los buzones, los metían en bolsitas pequeñas de plástico y les escribían un numerito con rotulador. Otro anotaba en un cuaderno a que correspondía cada muestra. Otro tomaba fotos de todas ellas y hacía panorámicas de la calle, de la puerta, de los buzones, de la gente que miraba.

 

El fotógrafo alzó la mirada y me vio asomado a la ventana.

– ¿Qué, como van las pesquisas?, pregunté un poco gritando.

– Todo bien caballero, haga el favor de meterse en casa y cerrar la ventana, me dijo el agente de la policía científica fotógrafo.

– Ya no puede uno ni asomarse, le dije.

Llamaron a la puerta. Eran otros agentes que iban preguntado a los vecinos si habían visto o escuchado algo de lo sucedido.

Sara, que para estas cosas es bastante espabilada, se quitó los pantalones muy rápidamente y se quedo en braguitas, abrió la puerta y puso cara de sorpresa. Uno era jovencito y se mantenía en la retaguardia, otro era cincuentón, con bigote y cara de bonachón. Los reconocí al instante, eran González y Bermejo, los agentes que habían detenido al bueno de Roldan hacía unos años en Laos. Aquel servicio no debió de gustar mucho a las autoridades.

Los dos tipos de uniforme preguntaron si habíamos visto algo, la mirada se les iba a las piernazas de Sara, estaban un tanto nerviosos.

– No, agentes, acabamos de llegar a casa, dice Sara.

– Ya, ¿pero no eran ustedes los que tenían una abuela medio sorda viendo la tele?, pregunta uno de ellos.

– Sí, dice Sara. La yaya ya se ha ido a la cama. Además de medio sorda está cegata como un topillo.

– Ya, entiendo, dice González, que era el más joven.

A Qant lo habíamos escondido en el dormitorio, acostado en la cama y tapado con un par de mantas.

– ¿Quieren pasar a echar un vistazo?, les dije.

– No hace falta caballero, no queremos molestar a la abuela, dijo Bermejo.

– ¿Cómo van las pesquisas del portal?, pregunté.

Huella y rastro de sangre en el buzón del 1ºA

Huella y rastro de sangre en el buzón del 1ºA

– Los compañeros han descubierto un rastro de sangre pegado en el buzón del 1ºA, dijo el jovencito.

– En el buzón de doña Vicenta. Esa vieja nunca me dio buenas vibraciones, dije yo.

Doña Vicenta el pasado fin de semana

Doña Vicenta el pasado fin de semana

– No les molestamos más, si recuerda algo la yaya cuando se levante mañana nos llaman a este número, dijo el cincuentón.

Cuando cerramos la puerta escuchamos como le recriminaba al jovencito que se hubiera ido del pico con lo del rastro de sangre.

Durante un par de horas hablamos los tres sobre las vicisitudes laborales de Qant. El nos contó que en un destino anterior había formado parte de la cuadra de la Guardia Real. Sara no pudo reprimirse y le preguntó que como es que hablaba.

– Todos los caballos de la Casa Real hablamos, incluso algunos varios idiomas, dice Qant.

Continúo contándonos como habían sido esos años de mozo, o más bien de mozo jamelgo, juerguista, dichararecho, todo era alegría y felicidad a raudales. Gitana era joven y nerviosa…..

Nos bebimos botella y media de orujo. Qant se comió todo resto orgánico que tenía en casa, hasta unos bonitos cactus que me había traído de Lanzarote. De postre hasta probó la pasta de dientes.

– ¡Qué bien lo pasábamos con Elena y su familia los fines de semana!, nos repitió varias veces.

El pobre estaba algo cansado y se puso más bien pesadote.

– Bueno, a dormir todos un poco y mañana decidimos que hacer contigo, dije yo.

Qant se acomodó en mi cama y nosotros dormimos en el sofá del saloncete, que se despliega y queda un hermoso lecho pecador.

El olor era fuerte. Mientras Sara se pegaba una pequeña ducha, abrí la ventana.

– ¡Esa ventana¡, dijo el agente fotógrafo.

– Jodé, dije yo. ¿Es que no vamos a poder abrir las ventanas?.

Allí seguía un batallón de agentes tomando sus muestras y haciendo su trabajo. Hasta había un par de unidades del Servicio de Limpieza Urgente del ayuntamiento dando ruido con sus máquinas y con las luces a todo trapo.

Cerré la ventana, me tiré en la cama y adopté una posturita sugerente, así como panza arriba con los brazos cruzados por el cuello y una pierna por encima de la otra. Sara salió del baño con una toalla por la cintura, toda fresquita y húmeda, se puso a horcajadas sobre mí y me pidió que la secara un poco. Gotitas de agua caían de su cabeza, gotitas de agua caían por su cintura, de sus pechos. Cogí la toalla y la lancé fuerte contra la pared. Comencé a sorber cada una de las gotas que resbalaban por su piel, todo eso lo combinaba con unos pequeños mordisquitos que me enseñó a dar hace ya algunos años mi amiga Lucia en un parque.

La muchacha daba un pequeño respingo cada vez que la mordisqueaba, ponía en tensión todos sus músculos y me apretaba con sus muslos.

Nosotros a horcajadas

Nosotros a horcajadas

En fin, todo marchó como debía hasta que nos interrumpió Qant con la cantinela de siempre, que qué bien lo pasaba con aquella maldita familia cuando eran mozos, que como los añoraba, que qué tiempos aquellos….Le tiré la almohada y le dije que a la cama o me mosqueaba. Giró la cabeza y cerro la puerta.

Pasamos una buena velada. Al amanecer, Qant irrumpió en nuestra habitación todo sobresaltado. Tenía que ir al baño con urgencia, además de mear tenía las tripas revueltas.

– Eso por combinar todo lo que había en la nevera, le digo yo.

– Ha sido la pasta de dientes, me dice él.

– Ni se te ocurra hacerlo por fuera de la taza, le digo.

Allí paso media hora. Tiraría de la cadena lo menos cuarenta veces. Salió todo perfumado, el baño impoluto y con ganas de conversación.

– Estos caballos con pedigrí que pulcros que son, pensé yo.

Bajé a la calle a por unos churros para desayunar. A Paquita, la churrera, le sorprendió que me llevara doce roscas. Monté una cola en la calle que casi acaba en agresión. En el portal seguían las investigaciones.

-¿Qué, terminan hoy o mañana?, les dije a los agentes.

– Muy gracioso, circule, venga, largo de aquí, me dijo una tipa uniformada.

Con el estómago lleno, a Sara se le ocurrió que lo más razonable para pasar desapercibidos era teñir de rubio a Qant. Bajé a la tienda y compre cinco litros de tinte sin amoníaco, como me había dicho Sara, para que el pelo no se quebrara. Lo metimos en la bañera y aplicamos todo ese potingue. Finalmente, Sara sacó del bolso unas lentillas de color azul y se las puso a Qant. Yo miré a Sara a sus ojos y descubrí en ese instante que tenía los ojos de color castaño. No dije nada.

Al bajar las escaleras nos encontramos a los dos agentes de por la noche. Estaban llevándose detenida a doña Vicenta, había una juez de guardia que no estaba nada mal y que le estaba leyendo sus derechos, otros agentes revolvían los cajones y armarios de su casa en busca de drogas y armas. Al cruzarnos con ellos apreté los dientes y pregunté como iban las cosas.

– Circulen y déjenos trabajar, nos dijo ese bombón.

Salimos a la calle. Llamé a mi amigo el gitano Gustavo. Me dijo que estaba en el río vendiendo fruta. Hasta allí que bajamos los tres. Le pregunté si quería un caballo. Me dijo que no me daba más de cincuenta pavos. Le dije que sabía idiomas y que podría sacar de la ignorancia a toda su prole.

– Bueno, vale, setenta y no se hable más, me dice.

El bueno de Gustavo vendía fruta por el invierno, en verano era feriante. Tenían todos los achiperres y atracciones de feria almacenados junto al río Tajuña en Chinchón. El tren de la bruja, una mininoria, los castillos de aire, la tarántula, todos estaban despiezados y esperando la campaña estival. Vivían allí, en sus caravanas y roulotes, había coches de lujo, camiones, góndolas, en fin, una pequeña ciudad de diversión y alegría.

Qant se despidió de nosotros en tres idiomas distintos. En holandés le cogí varias palabras, en los otros ninguna. Nos abrazamos y hasta se escapó algún gargajillo del acongojo. Pero bueno, somos tipos duros y peores situaciones hemos vivido.

Ahora vive requetebien con Gustavo y su gente. En invierno enseña idiomas a todos las crianzas del poblado y en verano viaja por toda la península.

FIN

RATS AT NIGHT

El otro día olvidé sacar la basura. Cuando esto ocurre salgo a la calle y suelo echarla en otro contenedor distinto al nuestro, incluso aunque no haya pasado. Las maldades se hacen de verdad o no se hacen. El elegido ese día fue uno que habían colocado al final de la manzana. Una vez realizada la operación “basura”, bajaba tranquilo por la acera en dirección a mi casa con media sonrisa en la cara, cuando de pronto para un coche en doble fila, se baja una ventanilla, me acerco, aparecen dos chavalas preciosísimas y me dicen que si me voy con ellas de fiesta.

Miro a un lado, miro hacia el otro, me pellizco un moflete, abro la puerta y me introduzco en el asiento de atrás. El coche pega un acelerón y nos vamos pitando de fiesta.

Yolanda la copiloto

La copiloto se vuelve nada más arrancar y me dice que se llama Yolanda.

Yolanda es una muchacha de ojos claros y grandes, cabellera azabache, labios carnosos y entradita en carnes.

Yolanda la piloto cambiando la bateria

En el primer semáforo se vuelve hacia atrás la piloto y me dice: – ¡Yo soy Yolanda, jaja, nos llamamos Yolanda las dos!.

Me había escorado hacia el lado de la piloto y veía sus piernucas como se movían al ritmo de los pedales. Las piernas de Yolanda la entradita en carnes no las veía, y lo de entradita en carnes era por la cara redondita (siempre dando explicaciones).

Seguimos trayecto y se paran junto al parquecillo de una glorieta. Yolanda la copiloto abre la puerta, sale corriendo, se baja las bragas y echa una larga y abundante meada. Nos mira y dice gritando: – ¡No puedo paraaaaar!.

Sube al coche y seguimos trayecto. Nos alejamos de la ciudad. Un polígono industrial, otro polígono industrial, un campo abierto, una autovía, otro campo abierto, una salida a no sé dónde coño que no me da tiempo a mirar, se mete por un desvío y llegamos a una finca con cancelas de hierro, aprieta un mando y se abren solas (las puertas), entramos y se cierran.

Avanzamos un poco por un camino de grava con mucha vegetación en ambos lados y muchos farolillos de esos solares, llegamos a una especie de plazuela ajardinada con la puerta de una gran casa en uno de los extremos.

La mansión de las Yolandas ayer cuando fui a verlas

– ¿Donde coño estamos?, pregunto yo.

– ¡Pues en casa!, me dicen las dos a la vez.

– ¿Pero donde coño esta vuestra casa?.

– ¡Que más te da, baja y vamos padentro!, va y me dicen.

Bajamos y allá que vamos los tres hacia la casa.

Yolanda la piloto abre la puerta y de pronto aparece un gran salón lleno de gente bailoteando, conversando, gritando, manoseando canapies y pasándolo en grande.

Se acerca un chavalote grande y rubio y les dice: – Ya era hora guapas, tanto se tarda en ir a por unos hielos?.

– ¡Mira que bomboncito glasé nos hemos encontrado!, dice Yolanda la piloto refiriéndose a mí.

– Se llama, se llama……Hummmmmm…….

– ¡Bronco, me llaman Bronco!.

El chico grande y rubio nos introduce entre la gente, coge las bolsas que llevaban las Yolandas y se pira hacia dios sabe donde.

Allí nos quedamos los tres en medio, medio bailando y mirándonos de arriba-abajo.

Yolanda la copiloto estaba entradita en carnes de cintura para arriba. De cintura para abajo estaba igual que Yolanda la piloto.

De pronto se acerca a nosotros una tipa entradita en años, rubiaca hasta las cejas y con una sonrisa encantadora.

– ¿Pero este bomboncito de donde lo habéis sacado?, pregunta la rubiaca refiriéndose a mí.

– Muac, Muac!!.

– ¡Un amigo de antaño!, dice Yolanda la copiloto. – ¡Lo hemos sacado del congelador hace apenas una hora!, dice Yolanda la piloto.

– ¡Mira, toca, todavía estoy fresquito!, digo yo.

– ¡Anda, que tipo más divertido!, dice la rubiaca encantadora.

Me coge de la mano y nos lleva a todos a una terracilla que daba a un jardín, en el jardín había mucha más gente y en la piscina del jardín había más peña bañándose.

– ¡Aquí estaremos más tranquilos!, dice la rubiaca encantadora.

Nos sentamos en unos butacones de plástico, no me suelta la mano, se pone a contarme como se llamaban toda la gente que veíamos desde allí, que si eran amigos de la familia, que si del curro, que si los vecinos…. Me incorporo de un golpe, cojo a mis Yolandas de la mano, las levanto de sus butacones y les digo que nos vamos a dar una vuelta por la fiesta.

El dulce pececillo ensimismada con una mariquita

Nos acercamos a la piscina y asoma la cabeza de una chica preciosa de ojos claros y hombros redonditos.

– ¡Hola chicas!, dice ese dulce pececillo.

Seguimos andando y pasamos dentro de la casa. Allí había mucha más gente y mucho más divertida. Pandillas de chicos y chicas hablando, bailando, gritando y de risas permanentes.

Pasamos un buen rato mostrando lo que cada uno sabíamos hacer (bailando me refiero).

Mis Yolandas eran un espectáculo. Bailaban y se movían de manera extraordinaria, parecían dos gogós profesionales. Yo les bailé unas piezas de kasachok que dominaba, para eso mi hermano había pasado toda su infancia dándome el coñazo. Comenzamos a sudar como perros.

Al cabo de otro rato me cogen de las manos y me empujan hacia la cocina. Allí había dos tipos zampándose unos muslitos, de pollo. ¡¡Mmmmmm!!. Les miro y me dan ganas de enganchar uno y llevármelo padentro (me refiero a los muslitos).

– ¡Pero chicos, solo pensáis en ñam-ñam, ehhhhh!, dice una de las Yolandas.

– ¡Mira, estos son Jordi y Alberto, unos amigos de cuando éramos pequeñas!, dice la otra Yolanda

– ¡Vaya manía de presentarme a la gente!, pensé yo.

En otro rincón de la cocina había dos pájaros preparando canapies como dos verdaderos profesionales. Iban vestidos con pantaloncillo ajustado de color negro, camisa negra abierta hasta el ombligo y un pequeño mandil naranja amarrado a la cintura. Eran como dos efebos nacidos para el amor.

– ¿Y a estos no me los presentáis?, pregunto yo.

– ¡Son dos de los chicos del catering, es la primera vez que los veo!, dice una de ellas.

Abrimos una nevera y sacamos unas cuantas cervezas. En la balda de arriba había una enorme tarta de chocolate de nosecuantos pisos con un pedazo de adorno rojo clavado que ponía: – ¡OS QUEREMOS!. Les pregunto que si alguien cumple años o es un funeral. Me dicen que celebran el cumpleaños de las dos. ¡Vaya, vaya, vaya!, pienso yo.

Bebemos unas cervezas en compañía de los dos muchachos del catering. Se llamaban Richi y Jonny, se lo pregunté yo. Luego se incorpora Vanessa, con dos eses. También se lo pregunté yo y eso me dijo. Era una mulata delgadísima con la boca grandísima, los labios rojísimos y una sonrisa mucho más encantadora que la de la rubiaca petarda del principio, guapísima y también con una pantaloncillo diminuto y una camisa negra y un mandil naranja. Al poco ya estábamos metiéndonos otras cosas. Richi nos ofreció unos pastelitos especiales que eran la consecuencia de mejorar una gran receta de su abuela, o una receta de su gran abuela, o yo que se lo que dijo. Tenían un gusto agridulce (los pastelillos), suaves, muy suaves al paladar, se fundían y todo ligaba con tu propia esencia, salivabas, babeabas, tragabas, todo era delicioso. Comimos uno, luego otro, luego otro más. ¡Basta!, dije yo. Me estoy excitando mucho, pensé.

Miré a las chicas y tenían una expresión de felicidad que hacía tiempo que no veía. Una tenía sus ojos claros y grandes abiertos como la luna….llena, la otra los tenía cerrados, con la boca abierta y la lengua circulando de un lado a otro intentando agarrar todos aquellos efluvios. Estábamos todos bastante extasiados. De pronto Vanessa dio unas palmas en el aire y todos volvimos de nuestro momento placentero. Los chicos seguían preparando canapies y la chica llevándoselos en bandejitas.

Chinatown la otra noche

Me dan un empujón mis chicas y volvemos a encontrarnos con Jordi y Alberto, allí seguían engullendo muslitos de pollo. Alberto estaba contando que a dos de sus amigos que viven en NY, Ed y Dennis, los estaban buscando por varios homicidios en Chinatown. Me acordé que hacía unos días habían dicho en las noticias que se buscaba a dos de los fugitivos más peligrosos de aquel país, acusados de nosecuantos homicidios y otros en grado de tentativa. Los homicidios consumados eran de lo más desagradables, con niños y niñas por medio, unos auténticos degenerados. Los asiáticos habían puesto precio a sus cabezas.

Retrato robot de Ed

Ahora había un perrete junto a ellos comiendo muslitos de pollo, se llamaba Bruno, también se lo pregunté yo. Le dejé oler la palma de mi mano para que pasara a formar parte de su base de datos. De pronto, el muy cabrón, me da un mordisco en la muñeca y no suelta la presa. Le doy un pequeño cachete en la cabeza para que suelte. No lo hace. Le doy una buena ostia y suelta por fin mi mano.

Me corrió un escalofrío por el cuerpo, miré a Jordi y Alberto y sonreí, transmitía confianza, todo iba bien. Mire a las chicas y las empujé fuera de la cocina.

Ellas me empujan más y me llevan por unas escaleras hacía el primer piso. Abren una puerta y me empujan a una gran habitación con una enorme cama en el medio y con un montón de almohadones tirados por el suelo. Las Yolandas se descalzan y se ponen a saltar de un lado a otro de la cama.  ¡Ñeeec, ñeeec, ñeeec…..!.

Yo hago que me desconcierto un poco.

Les digo que mi amigo Peter prepara unas langostas buenísimas a estas horas en Mercamadrid.

Para ya que vamos los tres a buscar el coche, cuando nos interrumpe el paso el pececillo de hombros redondetes de la pisci. ¿Dónde vais?, dice la muchacha. La cojo de la mano y tiro de ella. Cuando estábamos llegando al coche oímos una dulce voz que nos dice: ¿Donde coño vais?. Le decimos que a comernos unas langostas a Mercamadrid. Wanessa tira el mandil y viene corriendo hacia nosotros como una flecha.

– ¡El mandil noooo!!!!!, le digo yo.

Lo agarra al vuelo y llega junto a nosotros como un huracán.

Cuando estamos montándonos en el coche se oye un grito de la rubiaca encantadora del principio y nos dice: ¡Esperarme!!!. ACELERA!!!, grito yo.

Yolanda la piloto pega un pisotón y desaparecemos de allí sin esa petarda.

Peter en su tenderete

Vamos a la dársena 23 del Mercado Central de Pescados. Allí estaba Peter a cargo de su tenderete. Decenas de pescaderos hablaban todos a la vez para intentar rebajar los precios de la mercancía que se llevaban. Peter nos recibe con un fuerte abrazo, los comerciantes seguían gritando. De vez en cuando le hacía a uno de ellos un gesto y un mozo se ponía a preparar el pedido. Le comento que venimos a comernos unas langostas, y si es posible con él. Nos dice que pasemos a la oficina y vayamos preparando unos canapies.

– ¡Estamos hasta el chocho de tantos canapies!, dicen las dos Yolandas a la vez.

– ¡Estoy con vosotras en un pispas!, dice mi amigo Peter.

A los veinte minutos viene hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja y con dos bichos enormes cogidos de las manos. Pone una olla a hervir agua con un manojo de laurel y un puñado de sal y nos dice: -¡Hasta aquí hemos llegado!.

Las chicas cascaban las patas de esos bichos como cuando a Nastasia Kinski le dio por cascar nueces durante más de dos meses seguidos….., parecía que se habían vuelto locas!.

Mi amigo Peter tenía en sus cámaras frigoríficas mercancía de todo tipo. Aparte de las langostas nos sacó un par de colombianas y dos o tres brasileñas totalmente fresquitas y depiladas. Estaban deseando bailar, comieron un poco y comenzaron a moverse de una manera que mis Yolandas se miraron y se mordieron el labio inferior de rabia. Se levantaron y comenzaron a moverse como ellas sabían. Wanessa y el pececillo, que no sé como se llamaba, al ver a las Yolandas saltar al ruedo, pegaron un brinco, se llevaron dos o tres mesas por delante y se pusieron a dar volteretas de alegría.

El Peter este pasado verano en Puerto Calero

Todo aquello era demasiado bueno para estar pasando. Peter me miraba y me decía sin palabras que vaya atasco bueno había montado. Nos abrazamos con la mirada. Un buen colega.

Cuando las muchachas se cansaban de bailar las cogíamos en brazos y les dábamos unos cuantos amarrucos, pronto recobraban otra vez la energía y seguían bailando como posesas. Nosotros también nos echábamos unos bailes de vez en cuando, para marcar un poco de distancia.

Allí pasamos dos o tres horas con una risa permanente. Nos queríamos todos muchísimo. ……………… Cuando bailábamos Los Roqueros van al Infierno de Barón Rojo dicen las Yolandas que si acabamos la fiesta en su casa, que un baño nos vendría bien a todos.

Las chicas en la pisci

Pallá que vamos todos apretados como hormigas, llegamos a la fiesta y seguía un pelín menos animada, con parejitas tiradas por el garden y algún valiente que todavía se mantenía en el agua. Nuestras chicas se quitan lo que llevaban medio corriendo y se tiran a la pisci. Nosotros un poco más despacio vamos también a refrescarnos.

Vamos corriendo todos en pelotas detrás de las anfitrionas para la casa, pasamos por la cocina y allí seguían Jordi, Alberto y Bruno comiendo muslitos de pollo. Al pasar por delante le pegué una patada en los huevos a Bruno para que me identificara bien en su base de datos. Subimos las escaleras y llegamos al dormitorio de hace un rato. Las Yolandas, Wanessa, el pececillo, el par de colombianas y las dos o tres brasileñas se meten de un tirón en la cama y comienzan a reírse de lo lindo.

Peter y yo cerramos la puerta, la atrancamos con una silla del revés, y nos tiramos a ese mar salvaje de flores del mal. El mamón del Peter me mordió un par de veces, pero prácticamente no lo noté en casi toda la velada.

Yolanda la piloto vista a través del endredón

Cuando las teníamos prácticamente a casi todas medio dormiditas de tanto ajetreo, me mira el Peter por debajo de unos edredones y me dice que me quiere follar. Yo le digo que no va a pasar lo de la última vez, que nos vamos a tomar algo a la cocina. Me levanto de la cama y recibo un golpe en la cabeza que me deja medio K.O. Recuerdo imágenes del Peter mordiéndome las orejas, le dije que de lengua nada, aunque estuviera medio groggy.

Me despierto de repente, entraba algo de luz por un ventanuco. Miro y veo a las chicas enroscadas como oseznos entre el follaje. Me visto y echo un vistazo por la casa. A esas horas tengo una hambruza de cuidado. Se me ocurre ir a por unos churros para desayunar.

Foto que le hice al gitano Gustavo al despedirnos

Salgo fuera de la casa y no sé donde coño estoy. Me pongo a caminar por una carreterucha, se acerca una furgoneta, para junto a mí y me monto. Va llena de melones y naranjas wasintonas. Se trata de un gitanazo y su mujer que van a la ciudad a vender esos productos. Me preguntan que si he desayunado. Les digo que no y paran en una cafetería. Allí nos metemos un café con leche y un par de raciones de porras cada uno. Me invitan, yo les abrazo y me dejan muy cerquita de mi casa. Me dan cuatro o cinco melones y un par de bolsitas de naranjas.

Bajo andando por la acera y me dirijo a mi hogar.

Cuando subía en el ascensor investigué con la lengua uno de mis grandes empastes y pude rescatar un trocito de aquellos pastelillos deliciosos con los que nos habían deleitado los dos pájaros del catering. Volví a extasiarme un poco, miré hacia el techo del ascensor, creo que puse hasta los ojos en blanco. De pronto el ascensor paró y recobré la conciencia, abrí la puerta y entré en casa.

Mi mujer cuando le contaba lo sucedido

– Dónde te has metido?, dice mi mujer.

– Nada, que no encontraba el contenedor…. y hasta ahora!.

 

20 MINUTOS

Imagen de chica y caballo en mi cabeza

Imagen de chica y caballo en mi cabeza

Hace ya un tiempo escucho en la radio la noticia de que un caballo de la policía montada ha propinado una coz a una viejecita en el parque de El Retiro, que está gravemente herida y que se teme por su vida. Que ha sido detenida una mujer excesivamente peligrosa.

Cogí la noticia a medias. Al final decía que había sido publicada en el 20 Minutos, uno de esos periódicos gratuitos que se reparten en la entrada de los metros.

Bajé corriendo a mi parada más cercana. Cuando llevaba dos calles me percaté que la gente me observaba. Miro hacia abajo y veo que llevo las zapatillas de estar por casa y el pantalón del pijama. Volví a casa y me vestí.

Eran más de las doce y allí ya no había nadie repartiendo periódicos. Esa peña madruga y a las dos horas ya han hecho su trabajo. Supongo que cobraran una fortuna.

Muchacho repartiendo en mi barrio

Muchacho repartiendo en mi barrio

Rebusqué en las papeleras más cercanas, y nada. Pago el billete y rebusco en las papeleras de los andenes, y nada. Pregunto a la jefa de estación y me dice que ya lo había tirado y que había pasado la empleada que realiza la limpieza.

Cuando me estaba dando por vencido, veo que sale de la estación una chavalita con uno de ellos en la mano. Se lo pido y me dice que no sin pararse. Agarro el periódico y echo a correr. La chica grita, de pronto tropiezo y caigo al suelo. Un tiparraco me había hecho la zancadilla. Por poco me mato. Las gafas por un lado y yo por el otro. El periódico seguía bien agarrado.

El tipo se me echa encima, me retuerce los brazos y me dice: Tranquilo majete. Quedas detenido, soy policía, no te muevas un pelo o cobras de lo lindo!.

La chica se acerca y resulta que era más bien una niñita de unos 12 o 13 años.

Ese señor me ha atacado!!, le grita al agente.

Tranquila pequeña, lo he visto todo!, le dice el agente.

En las dependencias policiales no me tomaron declaración y me metieron directamente en un calabozo en plan preventivo acusado de nosecuentos delitos. Intento de violación a menor, agresión en primer grado (el policía llevaba un brazo en cabestrillo y presentaba un moratón en un ojo que por lo menos tenía dos o tres semanas, collar cervical y brackets de color verde pálido), resistencia a la autoridad, escándalo y desorden público, daños al mobiliario urbano, negación de auxilio y 6 puntos del carnet de conducir, y eso que iba corriendo.

Rueda de reconocimiento en la comisaria

Rueda de reconocimiento en la comisaria

Rueda de reconocimiento. Ha sido ese señor, dice la muy asquerosa.

Por suerte conservaba el periódico y leo la noticia. El caballo fue asustado por una mujer enloquecida que responde a las iniciales de L.C.A. La viejecita respondía a las iniciales de V.D.G., presentaba traumatismo craneoencefálico severo, que los servicios de emergencia trataron de estabilizarla, que había perdido mucha masa cerebral, que había sido trasladada al hospital más cercano y que había ingresado cadáver.

Por ser un breve en la columna lateral no detallaba más del asunto. Me quedé pensativo.

En el otro rincón del calabozo había una tipa acurrucada con la cabeza entre las rodillas. Suena un teléfono y desaparece el poli que nos custodiaba. Nos miramos y nos reconocemos. Era mi amiga Lucia Couto Aparicio, una chica con la que tuve una pequeña relación cuando me dedicaba a la comercialización de manzanas Fuji. Crucé los datos de que disponía. Era la mujer que había asustado al caballo del Retiro. Me agarra las muñecas y me explica que había sido detenida y acusada de asesinato en primer grado, maltrato de animales, resistencia a la autoridad, prostitución en recinto público y nosecuantos más delitos en grado de tentativa.

Estoy bien jodida!, me dice.

Estamos bien jodidos!, digo yo.

Como estas?, me pregunta.

De hombre duro, me llaman Apeman!.

Y tu?, le pregunto.

Me enamoro por la noche y me desamoro por el día!.

Comisaria después de la explosión

Comisaria después de la explosión

De pronto una gran explosión llena de humo y polvo la comisaría. Se abre un gran agujero delante de nuestras narices, vemos la calle. Quitamos unos cuantos cascotes y salimos pintando de allí.

Después de caminar y caminar un buen rato, nos metemos en un bareto y pedimos un par de castellanas con hielo. En la televisión que había junto a la barra relatan la noticia que en la comisaría de Carabanchel acaba de producirse una gran explosión como consecuencia del butrón que estaban realizando unos malhechores en los sótanos de sus dependencias. El objeto era robar el depósito de cocaína recientemente incautado a un cártel del barrio del Lucero. Que habían utilizado con maestría el soplete de hidrógeno con mira de láser para abrir la cámara acorazada, artilugio nada común. Que los delincuentes habían logrado huir con la mercancía, pero que se sospechaba que el autor intelectual fuera un individuo que respondía a las iniciales J.S.F., un brasileño afincado en España hacía unos años, peligroso delincuente internacional especializado en asuntos de este tipo.

La noticia terminaba contando que como consecuencia de la explosión se habían fugado dos peligrosos delincuentes acusados de nosecuantos delitos y asesinatos.

Lucía y yo nos miramos, bebimos la castellana de un trago y salimos a la calle.

Los dos habíamos reconocido las iniciales de Joao da Silva Fernándes. Un buen amigo común que lo más peligroso y especializado que había hecho en su vida era poner con éxito las cuerdas de tender la ropa en el patio de su casa. Se había dedicado durante años a la compra y venta de terrenos a un lado y otro del gran océano, coincidimos en un viaje de negocios y desde entonces le pedimos algún que otro favorcete. Hacía como seis meses que no lo veía, pero nos llamábamos con cierta frecuencia.

Las Vegas

Las Vegas

Lo llamo al móvil y contesta. Le pregunto si había visto las noticias. Me dice que no. Le digo que salga ahora mismo de su casa. Me dice que no está en su casa. Le digo que no se le ocurra ir. Le pregunto que donde está. Me dice que volviendo de Quismondo. Le pregunto si Quismondo de Toledo. Me dice que sí, que había ido a ver unas parcelas rústicas. Le digo que quedamos en cuanto llegue en los jardines del Templo de Debod, que no pase por casa y que yo voy de camino. El me dice que qué pasa. Yo le digo que no haga preguntas, What Happens Here, Stays Here. Le digo que venga con cuidado pero veloz. Me dice que en 20 minutos está allí. Vaya con los 20 minutos, pensé yo. Colgamos.

Al cabo de veinte minutos aparece con cara de besugo y algo chamuscado.

Donde has dejado el coche?, le pregunto.

Aquí al lado, en un aparcamiento de minusválidos, me dice.

Pero Lucía, cuanto tiempo!!!, dice Joao.

Calla y escucha!, dice Lucía.

Le ponemos en antecedentes. Nos cuenta que cuando entró en la habitación donde custodiaban el alijo no había nada de nada. Que le había dado la información un supuesto cliente que era fontanero, que era la primera vez que hacía un trabajito de esta clase, pero que se lo habían puesto tan fácil que no pudo negarse.

Lucía cuenta su detención en el Retiro. Que iba tranquilamente paseando con su perrete, que de pronto percibe que lleva a media distancia a una pareja montada del canadá. No le da importancia y sigue a lo suyo. Un poco más tarde vuelve a mirar atrás, y allí siguen. De pronto se da cuenta que los tiene justito detrás de ella, que se pegan mucho, que uno de ellos se acerca deliberadamente al perrete y éste lanza un pequeño ladrido (el perrete). El agente cae al suelo, que cuando ella va en su auxilio, el otro cabrón la inmoviliza y se la llevan detenida. Que allí no había viejecita ni nadie más. Que no entiende nada de nada.

Todo esto parece un circo bien planificado, les digo.

Cañas de cerveza

Cañitas de cerveza

Paseamos un rato intentando mantener la calma y pensando en los acontecimientos. Entramos en una cafetería y pedimos unas cañas. En la tele del bareto sale los retratos robot de los tres delincuentes más buscados en los últimos diez minutos.

La canija antipática había bordado el mío. La misma nariz, la misma caída de ojos, las mismas orejas, los mismos mofletes, la misma edad aproximada, el mismo color de pelo, la misma verruga en el cuello…..la niña lo recordaba todo!. Me habían calcao. El retrato robot de Lucía estaba perfecto, quizá un poco más joven, pero era ella. Tenían imágenes, el Retiro está invadido de cámaras ilegales dispuestas por todas partes en los sitios más insospechados. El retrato de Joao también estaba clavao, con sus rastas medio rubias, su lunar en uno de los párpados, su dilatación en la oreja izquierda, su tatuaje en una de las pantorrillas.

Esta información está cocinada hace ya un tiempo, dice Joao.

Me quité ese tátu hace más de seis meses!.

Nos miramos los tres, pagamos las cañas, les digo que vayamos a mi casa a pensar en lo que está ocurriendo. Nos asomamos antes de llegar y allí están. Dos coches camuflados junto al portal de mi casa con cuatro o cinco paisanos cada uno. Damos media vuelta y nos marchamos por donde habíamos venido. No se dieron cuenta.

Nos vemos, this time tomorrow!, dice Joao.

Quieto parao!, le digo yo.

Lucía dice que tiene un lugar seguro donde podemos refugiarnos para pensar en todo lo que está pasando.

Ríe y el mundo entero reirá contigo, llora y llorarás solo!, añade la muy petarda.

Víve como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir para siempre!, le contesta Joao.

Dejaros de puñetas!, digo yo.

Para allá que vamos los tres andando. Las paradas de autobús y las bocas de metro estaban vigiladas. El lugar seguro era la peluquería de un amigo suyo en el barrio de Aluche. Tardamos hora y media en llegar. Lucía da un toque en la persiana metálica y nos abre un tipo con un flequillo que daba envidia mirarlo.

Hola Lucía, os estaba esperando, pasad rápido!, dice el jambo.

Pasamos adentro y vuelve a echar el cierre. Enciende las luces de la pelu y allí nos ves a todos sentados en esos butacones donde te lavan la cabeza. Rhino nos cuenta que salimos en la tele cada tres minutos. Que conocen nuestros nombres, que saben donde vivimos, que ya tienen nuestras fotos, y que hemos robado nosecuantos kilos de droga en la comisaría. Que pertenecemos a nosequé cartel colombiano, que somos peligrosísimos, que vamos armados y que estamos en caza y captura.

Nos miramos todos.

La cosa esta jodida, muy jodida!, dice Rhino.

De donde viene tu nombre?, le pregunto.

Que a mis padres les marcó la película de Spiderman, me dice.

Nos han metido en un buen lío, esto es una encerrona, nos quieren colar un paquete de cuidado, hay que pensar en algo!, dice Lucía casi sin respirar.

Rhino se pone a funcionar. Nos corta el pelo a los tres. A Lucía le pone el pelo liso y unos reflejos plateados, a mí me pone rubío con otro flequillo un tanto absurdo, y a Joao le corta todas sus rastas, le pone unas mechas de color castaño y le deja una cara de colegial que ya quisiera la enana que me metió en el lío por la mañana.

Amigos, yo me vuelvo a mi país de origen hasta que se enfríe este asunto, estos países del sur de europa se han puesto muy peligrosos, te ocurren cosas que en mi país no pasan desde tiempos de Baptista, dice Joao.

Lucía y yo cambiamos de identidad. Yo me hice pasar por ella y ella por mí. En menos de dos semanas ya nadie hablaba del asunto. Ya no estaban nuestros caretos por todas partes. Humo, era todo humo!.

Pasados seis meses fuimos recobrado de nuevo nuestra identidad. Volvimos de nuevo a nuestros hogares.

Alguna vez pasé por delante de la comisaría, allí estaban los mismos polis que antes, los que me detuvieron después del incidente con la canija. Los mismos que declararon tras el butrón que éramos altamente peligrosos. Lo único que había cambiado eran sus coches, bugas de alta gama y de colores chillones.

Un buen día recibimos una visita nocturna inesperada. Eran los agentes de paisano. Nos dijeron que si manteníamos la bocaza cerrada no volveríamos a saber nada del asunto. Que nos tenían vigilados y que en un momento dado nos podían meter en un lío de cuidado.

Lucía de incognito en Porto Alegre

Lucía de incognito en Porto Alegre

Nuestra conciencia ciudadana y nuestros ideales no podían con esa enorme carga. Así que un día escribimos todo lo acontecido, lo metimos en un sobre y mandamos una copia al juzgado y otra al diario gratuito. Cogimos el primer vuelo y nos fuimos a casa de nuestro amigo Joao en Porto Alegre.

Seguimos las noticias durante unas semanas. Nada de nada, ni la prensa, ni los juzgados, ni nadie dijo esta boca es mía. Como si nada hubiera ocurrido y nada se hubiera enviado. Todos compinchazos, el sistema podrido desde la base.

Lucia y yo buscando caracoles

Lucia y yo buscando bígaros en Ipanema

Ahora rehacemos nuestras vidas en las solitarias playas de Ipanema, rodeados de gente corriente y honrada.

Escribimos a la familia de vez en cuando. Enviamos las cartas en sobres de Bankia, que no causan sospecha alguna.

 

 

EL BUENO DE HUGO

Hugo Scarpellini Gorrity era un tipo más alto que yo, bastante elegante, tipo dandy, vestía con clase, pañuelos al viento, fuerte personalidad, de padres italianos y separados, vivía en un estado que permanentemente reclamaba la atención de los demás y tenía la típica verborrea de la gente que lleva diciendo tonterías muchas generaciones.

No éramos realmente amigos, pero coincidíamos todos los días cuando volvíamos a casa. El vivía unas cuantas paradas de metro más lejos. Cuando yo bajaba en mi estación, el también bajaba a charlar un rato, después de dejar pasar cuatro o cinco trenes, cogía uno y por fin se piraba.

Era como un chamán, no paraba de hablar y hablar, contaba asuntos que apenas te interesaban, había días que dejaba pasar diez, veinte trenes, blabla, blabla, blabla, blabla…..hasta que yo le decía:

Vente a casa y comemos algo!.

No lo dudaba ni un segundo. Conocía a mis padres, a la abuela, a mis hermanos, a la vecina, a mi tía pepi……era como de la familia.

Aquel día nos habían dado las notas de la primera evaluación, las de navidad. En aquel curso teníamos ocho asignaturas nuevas, más otras dos que había heredado del curso anterior, sumaban diez. Había aprobado una, las otras nueve no se dejaron ni tocar.

Al salir del instituto decidimos dar una vuelta por el centro y tomarnos unas cañitas. Compartimos la idea y se unieron al paseo Esther, Sonia, Malú, Sergio y Luis. Las chavalas eran encantadoras. Amaba a Esther, estaba todo el día mirándola de soslayo en clase, luego en el pasillo, en la calle nos dábamos empujones, risitas….., pero nada chico, nada de nada. Yo creo que me enredé con Malú por despecho, era más fea y pequeñaja, con algo de bigote, pero tenía unos despechos que para la edad que gastábamos eran una maravilla, suaves y hermosos donde sumergía mi cabecita hasta casi asfixiarme y me acurrucaba en los largos días de invierno, bueno, de ese invierno. Los chavales esos eran como Yogui y Búbu, uno grandullón y otro pocacosa. Habitualmente, en el tiempo del recreo, salíamos con estos dos a un bar cercano y nos jugábamos al mus las consumiciones. Sergio se solía tomar un medio de gintonic.

Parque Barceló

Parque Barceló

Lo primero que hicimos fue acercarnos al Jony, un tipejo que pasaba costo y todo tipo de pastillas en el parque Barceló. Era como un pijo agitanao o como un gitano medio pijo, con las manos más sucias que su sucia cara de tanto cortar y cortar. Era muy simpático y tenía a la mitad de la población escolar comiendo de su mano. Pillamos algo de mercancía.

Quieres una chinita de aguinaldo?, me decía el muy capullo.

Vete a tomar por culo!, le decía yo. Seguro que las sacaba de la porquería que tenía entre las uñas.

Nos dio una pastillita de color verde para que la probáramos, nos dijo que llegabas a sentir vértigos y que era como ir flotando por encima de la gente. Pillamos una de esas para cada uno. Al final solo nos cobró cuatro.

Precios especiales para clientes habituales!!, dijo el pájaro.

Las chicas fumaban como petardas, el bueno de Hugo no fumaba ni pitillos, yo hacía lo que podía para mantenerme en pie.

Cogimos la calle Fuencarral, íbamos despacio. Hugo se iba parando en todos los escaparates de zapatos. El jambo gastaba esos zapatos que se empezaban a ver, largísimos con la punta chata y que los llevan la mayor parte de los ejecutivillos de la banca. Yo miraba esos rinconcetes donde medio escondían los botines con tacón cubano, como si fueran para enfermos y pervertidos.

La banda del moco por la calle Fuencarral

La banda del moco por la calle Fuencarral

Hugo no paraba de charlotear. Cuando llegamos a la Red de San Luis ya me tenía hasta los huevos de tanta brasa, y la tarde no había hecho más que empezar.

Decidimos tomarnos un botijo en un bareto. Bueno, el tipo solo tomaba martinis con aceituna y mucha cocacola. No los mezclaba, los iba alternando y así nunca perdía la compostura. Eso sí, terminaba las veladas con unos gases que no le dejaban dormir. Que jodío!!.

De pronto, justo enfrente de donde estábamos, un paisano que andaba arreglando nosequé leches encima de la marquesina de una tienda, se cae al suelo. Medio aplastó a una viejecita que iba paseando a un perrete canijo y viejo como ella. Se montó un lío en un periquete y nos quedamos observando. Vino una UVI móvil, vinieron un montón de coches patrulla, cuatro o cinco ambulancias, un camión municipal, un chino vendiendo bocadillos, un coche de bomberos, cortaron la calle al tráfico, acordonaron la zona con vallas amarillas. Al final nos enteramos que el tipo de la marquesina estaba muy grave, que la viejecita había fallecido y que el perrete se lo estaban llevando al centro de acogida de canes de la ciudad. Muerte asegurada!!.

Pedimos otra ronda pensando que nos podía haber tocado a cualquiera de nosotros. Vas por la calle y te cae encima un cabrón que hace nosequé por ahí. Pues ocurre y esta es la prueba!.

Fuimos hasta Sol y echamos la típica meada en el kilómetro cero, luego marchamos hasta un bareto de la calle de la Cruz. Allí nos zampamos unos cuantos zarajos de Cuenca y unas riquísimas y pegajosas orejas a la plancha que parecían casi humanas. Al rato, cuando ya estábamos animados con el trajín de botellines y orejas, las chicas dijeron que se iban a peinar nosequé muñecajo. No las prestamos atención y las dejamos huír. Al poco, Yogui y Búbu se hartaron de tanta conversación y decidieron seguir a las muchachas.

Zarajos manchegos

Zarajos manchegos

Me quedé solo con el bueno de Hugo. Pedimos otra ronda. La verdad es que no le fascinaban esas cosas, jamás las había probado, tenía los gustos mucho más refinados, creo que había visto una vez a unos obreros comer eso y había quedado escandalizado unos días. Se tragó su zarajo y su parte de oreja como si lo hubiera comido siempre. Que hambre teníamos!.

Después de otros cuatro o cinco botijos decidimos continuar camino. El mamón como siempre no tenía apenas pasta, saco veinte pavos, los últimos y únicos que tenía. Estos burgueses venidos a menos jamás llevaban dinero, era muy ordinario y además no lo necesitaban, siempre había algún incauto alrededor que se hacía cargo.

En esta calle estaban las putas más viejas de la ciudad. Las he visto hacer tratos con jovencitos quinceañeros, con tipos de mediana edad y con verdaderos vejestorios a los que todavía se les empinaba. A los chavalines por lo general les despachaban rápido. Llegaban todos ansiosos, empujaban fuerte, hacían mucho ruido, pero a los cinco minutos los veías desfilar de nuevo por el portal. Entre servicio y servicio, las putas tejían y tejían, hacían patucos para sus nietos.

Luego subimos hasta Benavente y nos metimos unas castañas asadas en el puestecillo verde de doña Manolita, nos calentamos un poco y charlamos con la paisana. Era una tipa vieja llena de verrugas que se parecía a las batatas que asaba. Sabía latín y te metía unos vaciles que te dejaban alterado.

Retrato robot de la castañera en 3D

Retrato robot de la castañera en 3D

 De ahí nos fuimos a un pafeto medio heavy de Huertas. Ya no existe. Pasamos un par de horas en las que por lo menos no tuve que aguantarlo apenas. Entre la música y que ya andábamos flotando por encima de la gente, no me enteré de mucho. Hugo le daba la brasa a unas guiris y yo me hacía el duro. De pronto nos pusieron de patitas en la calle.

La normativa municipal manda!, me dijo el camarero.

Acceso a un mundo mágico

Acceso a un mundo mágico

 Todavía aguantábamos un poco y nos acercamos a un sexshop de la calle Atocha. Nos metimos en una cabina cada uno.

Cierro la puerta, me siento, pongo la pasta, abren una cortinilla. Allí estaba una petarda poniendo posturitas, que si a cuatro patas con el culo en pompa, que si panza arriba abierta como una nécora. Tú te vas animando y decides poner más pasta y meterla en un agujerete que hay delante de ti. Se supone que te la chupa esa misma chavalita o alguna amiguita igual de sexy.

Cuando estaba con esta maniobra noté algo extraño, yo creo que la lengua estaba un poco áspera. Me asomo por el agüjerete y allí estaba la puta vieja de la calle de La Cruz, la castañera que no recuerdo el nombre, la portera de la casa de mi tía pepi, hasta me pareció ver a la abuela de Lledó. Todas chupándosela a incautos como nosotros. Le di un meneo a la pared del agujerito y todo cayó para adentro. Estos cabrones hacen los tabiques de papel de fumar y todo se vino abajo.

La portera de mi tía pepi

La portera de mi tía pepi

Vi la polla de Hugo que salía de su agujero, y vi otras nosecuantas pollas que salían de los suyos. Había hasta un par de sacerdotes con los ojos medio en blanco. Un mogollón de viejas hacían su trabajo.

Di un manotazo a la cabina de Hugo y le grité que nos marchábamos echando hostias. Asustado se incorporó de repente y salimos pitando. A todo esto ya habían dado el aviso y estaban llegando un puñáo de chicos con pinta de asesinos. Salimos corriendo a la calle. Hugo se miró al paquete y metió la mano. Comprobó que la tenía entera.

Lío monumental en la entrada del garito

Lio monumental en la entrada del garito

De pronto dice: Que asco!!, saca la mano y tira al suelo una dentadura postiza. Salen a la calle todos esos chulos y las putas, empezamos a correr cuesta abajo como si nos llevara el diablo.

Nos siguieron casi hasta Atocha, allí los despistamos. Me acorde en ese momento de un libro que acababa de leer en el que una pandilla de chicos andaban a vueltas permanentemente acosados por el maligno.

Libramos por los pelos, joder, vaya susto más grande que nos llevamos!!.

La calle Atocha después del incidente

La calle Atocha después del incidente

Después de aquello no volví a verlo en todas las navidades. Fueron aquellas fiestas unas de las que más he descansado en toda mi vida.

Menuda matraca de tío!.